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Junín

El técnico persistente: desde la UNNOBA para la ciencia

Gastón Villafañe pasó por varias etapas, pero hoy en el CIBA llegó para quedarse. Su gran tarea en la pandemia.

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En el barrio El Picaflor siempre había un campito cerca. Pero él no jugaba al fútbol, como todos sus amigos. El neumonólogo le recomendó que, mejor, practique natación. Porque el asma tiene recaídas, y cada tanto terminaba en el hospital. El oxígeno, las inyecciones, los corticoides. Se acuerda de los pinchazos, cada vez que le sacaban sangre. Él dice que la decisión no fue consiente. Pero Gastón Villafañe se curó, y hoy es Técnico de Laboratorio.

La casita tenía una huerta, un gallinero y un palomar. Las puertas estaban abiertas de par en par. En esa infancia de libertades creció Gastón, que a los 9 años perdió a su padre, de oficio joyero, por un infarto repentino. De madre docente, pasaba las tardes con su hermana y sus abuelos.

Pasó por un colegio estatal y por otro privado: “Viví las dos realidades, y saqué mis conclusiones”. Egresó como Perito mercantil, pero en las cuestiones bancarias e impositivas, había algo que no le convencía. Para buscar su futuro, iba todas las tardes a la casa de su tía, donde había un teléfono y llamaba a las universidades, para ver qué podía estudiar. El fútbol le gustaba pero no lo podía jugar, y para estar cerca, decidió estudiar kinesiología. Antes de terminar la secundaria ayudaba en la rotisería familiar. Apareció la posibilidad de Rosario, y se fue a vivir con dos amigos.

EN JUNÍN

Pero con las dificultades económicas de la familia, sumado a una carrera demandante para hacerla trabajando, solo pudo completar dos años de formación. Con 23 años volvió a Junín, y empezó de cero. Mientras vendía publicidades para una guía comercial, se enteró que un instituto privado con orientación en salud, tenía la oferta de la carrera en Técnico de Laboratorio: “Yo no tenía idea lo que era un laboratorio”, recuerda Gastón. Aunque el previo entrenamiento de la vida universitaria, le facilitó la cursada.

La química y la física lo hacían dudar, pero al momento de relacionarse con lo clínico, realizar análisis y evaluar y cerrar el diagnóstico de un paciente, encontró su lugar. Aun sin terminar la carrera le avisaron que en la Clínica La Pequeña Familia necesitaban un Técnico de Laboratorio, y ahí tuvo el primer trabajo oficial. “Comencé a relacionarme con la terapia intensiva, la internación y la muerte”, recuerda.

El primer día en terapia vio a personas entubadas y con respiradores, enseguida se acordó de su abuelo, y sintió que ese era su lugar, que tenía que estar ahí. Y fueron 18 los años en la clínica: “Llegué como un joven de 26 años, y me fui casado y con tres hijas mujeres”.

TÍTULO BAJO EL BRAZO

Desgastado por las guardias de madrugada y la convivencia con la muerte, la carga psicológica se hacía difícil de soportar. Cuando la idea de alejarse comenzó a dar vueltas por su cabeza, leyó en un diario de la ciudad que la UNNOBA buscaba un Técnico de laboratorio. Sin esperanza pero con decisión, mandó un correo y se sentó a esperar.

Dejó la clínica privada y el contacto humano, para ingresar a una planta de biodisel en el Parque Industrial: “Clima de industria, frío, petroleros, conflictos gremiales. No había nada de romántico, el corazón lo tuve que dejar afuera”. Pasó de la química clínica aplicada a la biología, a la química inorgánica.

Esa novedad distante, con otros valores, más la falta de convencimiento en la relación laboral, lo impulsaron a tomar una nueva decisión. Volvió a escribir otro mail, porque esperaba ansioso novedades de la UNNOBA. Hasta que una tarde, abrió el correo electrónico, y la respuesta ahí estaba: “Te esperamos mañana”, y allá fue.

EN EL CIBA

Aun trabajando en la planta de biodisel, entró en reemplazo de la bioterista del Centro de Investigaciones Básicas y Aplicadas (CIBA). Después de dos meses, quedó fijo. Gastón nunca había visto un bioterio (un área, generalmente cerrada, para guardar y criar animales o plantas para observación o investigación) y si bien conocía su manejo por haberlo estudiado, y aunque al principio le daba aversión el olor, no lo dudó. Él sentía que era un lugar para crecer, “y la verdad prioricé otras cuestiones, porque la comodidad mata al amor, pero cuando el amor gana te da otras cosas. Y así empezó mi historia en la UNNOBA”, recuerda.

Comenzó a hacer cursos y a formarse paralelamente con el trabajo del bioterio, y le empezó a gustar. “En la Universidad estás obligado al aprendizaje constante”. Hoy Gastón colabora en la línea de oncología, e infectología/virología y comportamiento. Trabaja con las distintas cepas de ratones para cada línea de investigación. Ante cada experimento animal, prepara las condiciones necesarias.

CON PANDEMIA

A mediados de enero del 2020, Gastón se encontraba en Mar del Plata, cuando vio en las noticias que un virus de origen chino, había pasado a Europa. Cuando la amenaza del COVID-19 se hizo real y llegó al país, desde el CIBA decidieron frenar todos los experimentos que estaban en marcha, y repensar la situación. La directora de Investigación, Desarrollo y Transferencia de la UNNOBA, Carolina Cristina, lo llamó en medio de la incertidumbre, y le dijo que desde del Ministerio de Salud pensaban descentralizar los testeos, y que el laboratorio cumplía con todos los requisitos.

“Me di cuenta que este es el lugar donde tengo que estar. No iba a decir que no, me sentí en la obligación, porque es lo que me toca hacer”, afirma Gastón, quien recibe las muestras desde el hospital, dentro del vaso protector, con los dos hisopos de las muestras de garganta y nariz. Luego realiza un procesamiento de purificación y limpieza del virus, en una cabina de seguridad y con los equipos y el acondicionamiento necesario.

Gastón Villafañe sabe que la UNNOBA es el cierre laboral en su vida, que llegó para quedarse. “Quiero seguir mejorando, continuar la formación e ir aprendiendo todo lo nuevo. Hoy vemos lo que significa tener una Universidad pública en una ciudad como Junín, y ésta es una apuesta presente, que se verá reflejada en las generaciones futuras”.

FUENTE: El Universitario. Por Luciano Toledo.

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