Qué mal me hace recordar
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Qué mal me hace recordar

Los colectivos sociales pasaban por el bien común y la dedicación que los adolescentes de la época le habíamos dado a la política tenía que ver con valores, con ideales, con sueños a conseguir.

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Por: Soledad Vignolo

Corría 1983 y sentíamos que lo habíamos logrado. Las bandera, las frases, los sinceros corazones expuestos en la plaza, la cadencia de la libertad en las calles, tantas almas en pos de la grandeza y una sincera vocación republicana al frente del país. No había ganado la persona elegida, pero igual festejé, la democracia era más importante.

Había muchas cosas más importantes que nuestros deseos. Los colectivos sociales pasaban por el bien común y la dedicación que los adolescentes de la época le habíamos dado a la política tenía que ver con valores, con ideales, con sueños a conseguir. Queríamos un país sin dictaduras, sin totalitarismos. Y eso nos hacía brillar en colores diversos tras un mismo fin común.

Para qué vamos a hablar de cosas que ya no existen
Es así, hay cosas que ya no existen. Un populismo despiadado, ejercido por unos y otros las pisó. La degradación de lo político y lo público es tal, que a veces, muchas veces, es mejor no hablar. Llegamos a una situación tal que los vecinos son buchones, los amigos enemigos, nos embanderamos en historias ajenas y perdemos de vista lo importante. Nosotros. Como comunidad, Como sociedad construida sobre sangre, que nos engloba y nos une, pueblos originarios, inmigrantes europeos, inmigrantes latinos, residentes, todos hermanados en una bandera que no debemos pisotear, La celeste y blanca que flamea en los mundiales de fútbol debería flamear hoy cuando tanto está en juego.

Ya no existe el orgullo por nuestra tierra, el sentir que nos une algo que puede más que una bandera política, una sangre vertida, muchas tragedias superadas, divisiones hostiles nos amenazan. No es hora de revolución. Probemos con una revolunión.
Intentemos la empatía, escuchar sin agredir, tomar de cada uno lo mejor, esforzándonos, sí, con esfuerzo, ése que hizo del nuestro un gran país, para comprender antes de criticar, tal vez nuestras cabezas estén sucias de odio partidario, pero podemos barrer asperezas. La política es la única opción para cambiar las cosas, la democracia el mejor sistema, aunque nos duelan sus imperfecciones, y la república necesaria para tener justicia y equidad.

Qué pena me da
Cuando veo ollas populares, se me desgarra el alma, un país productivo, debería tener alimento para gran parte de la humanidad. Cuando veo que vive la mayoría de nuestro pueblo de la asistencia o el salario público, pienso en cuanto nos perdemos, Somos creativos, talentosos, muy rápidos, pero perdimos el amor al trabajo. Fueron desvirtuando las palabras de los líderes que dicen añorar, El trabajo es el motor.

La producción es el combustible y el esfuerzo personal la palanca que accionará el crecimiento. Sin odios de clases, con movilidad social, Sin odios políticos, con diversidad democrática. Sin búsquedas ni persecuciones, con cuidado por el otro, por el planeta, por la salud, que no es solo física, por la libertad.

Qué pena me da, saber que después de 37 años, de toda la fuerza amorosa de ese 1983. ya no queda nada. Pero no me resigno. Tu vecino no es tu enemigo, tu contrincante es otra persona con ideales diferentes, Los verdaderos aliados del desastre nacional son los que proveen al pueblo sin trabajo, los que desprecian los logros, el derecho a lo propio, si no es de ellos, la validez de la justicia debe alzarse o caeremos en un pozo donde perdamos la oportunidad de renacer, hermanos, en una verdadera reVolución.

No quiero quedarme en la pena, no quiero que mi país sea una zamba para olvidar.

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