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Pinturas lugareñas: Palpando historia en una “casi” pulpería

“¿Te perdiste?”, me preguntó por teléfono Daniel. Yo buscaba alguna referencia en la calle de tierra que había tomado cerca del puente del Carpincho. Me pasó a buscar con su Siena. Una seña de luces y lo seguí. El Fiat iba como si estuviese en las pistas; rápido por el camino poseado, sin siquiera reparar en que la rueda trasera estaba pinchada.

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El Boliche Amarillo es una vieja casa ubicada en una esquina. Entramos y Daniel ya me cuenta entusiasmado cómo empezó a funcionar. “Cuando lo compré con mi marido – su marido es Mónica, la mujer-, estábamos parados afuera, pensando. En eso pasa un gringo a caballo y nos pregunta si habíamos comprado el lugar y para qué lo queríamos. Le dijimos que no sabíamos qué íbamos a hacer. ‘Donde hubo boliche, no puede haber una farmacia’, y ahí nos quedó claro”, me cuenta.

No sé para dónde mirar. Las paredes están atiborradas de cosas camperas de años cubiertos de polvo: estribos, herraduras, frenos, rebenques; un tablerito con llaves colgadas, una al lado de la otra, cada una con un estilo diferente; una estantería repleta de botellas de la abuela: 8 Hermanos, Coca Cola, sifones de acero y de vidrio; herramientas de mano de todo tipo, desde sierras de doble mando a agujereadora, incluso una perforadora manual; un mueble con vinilos y tocadiscos. Resaltadas insignias de automóviles. Es ahí donde comienza la historia.

 

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Porque entre tanta cosa se distingue una columna: Apodaca- Franco. Una especie de altar lleno de fotos del auto rojo y la tipografía de Ferrari. Daniel me habla de sus carreras, de sus años en las pistas. Manejaban una coupé roja porque él es piloto de autos y corrió durante algunas temporadas esa misma coupecita de la foto. Si bien su carrera finalizó de la mano del fallecimiento de su navengate, Franco, hoy todavía su pasión se mantiene preparando fierros.

Me sirve vino y ya con copa mediante me cuenta que armó en el boliche su peña, la Peña de la Cupecita. Después un amigo le pidió que lo deje armar la suya también en ese lugar. Y un amigo de ese amigo le pidió que le atienda su juntada y… Hoy, sin querer queriendo, tiene el mes completo y maneja alrededor de 20 peñas. No funciona como un restaurante, no atiende al público en general. La gracia radica en ese “como en casa”, con atención exclusiva. “Acá se abre para la peña. La gente llega, se abre un vinito y se sienta con unos maníes. Se divierten y comen. Les vamos trayendo queso con hierbas nuestras, salamín, jamón, aceitunas. Comen de todo. Y después ellos dos días antes nos dicen qué quieren de plato fuerte: a veces asado, ravioles, matambre a la piza; lo que quieran. Se hacen las 2 o 3 de la mañana”. No falta la observación aguda: “Las mejores historias están en la peña de las mujeres. Qué manera de reírse”.

 

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De remate en remate, Daniel Apodaca decoró el Boliche Amarillo. “Tenía un par de cosas y cuando alguien venía me decía ‘ah yo tengo algo en mi campo que te voy a traer’. Y cada uno aportaba algo, me traían cosas de sus abuelos. Se apropiaron de este lugar de esa manera. Me acuerdo todo y cada una de las historias de estos objetos”.

Incluso podemos encontrar cosas que son verdaderamente parte de la historia de nuestro país y que por preservación y respeto prefiere que no la comente.

De estos tesoros surge una gran idea que Daniel espera se haga realidad. “Tengo 63 años. Cuánto más puedo trabajar”, reflexiona y me sirve otra empanada de carne cortada a cuchillo. “Yo quiero que este lugar quede después de mí. Que la gente venga a ver, que sea un museo. Ese es mi sueño”, me dice. Hoy, el Boliche Amarillo está incluido dentro del circuito turístico de Junín. Está pensando en etiquetar y fechar para que la gente pueda leer e informarse. “Queremos que la gente venga, nosotros estamos casi siempre acá”.

Termino el helado y me despido. Recién ahí conozco a Mónica. Le agradezco la comida y les pido una foto, esta vez para mí recuerdo. Me voy con la agradable sensación de la calidez humana y el verdadero agradecimiento. “Che, poné que la comida la hace mi marido sino me mata”, me pide Apodaca.

 

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