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Abel González es papá de seis hijos adoptivos. Junto a su esposa recorrió buena parte del país buscando dar amor y contención a quienes más lo necesitaban.

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“Todo es obra de Dios, es él el que nos pone a nosotros acá para que hagamos lo que hacemos”. Con esa frase Abel González, un juninense de 69 años papá de seis hijos adoptivos que recorrió buena parte del país buscando dar amor y contención a quienes más lo necesitaban, sintetiza su relato.

González está jubilado actualmente, pero como integrante de la Banda del Ejército viajó, en principio, con su esposa a Tandil, donde había sido destinado. Allí inició el camino de la adopción, que le permitió formar una familia que se fue haciendo cada vez más grande a lo largo de 12 años.

“Ahí en Tandil, por intermedio de un compañero que era soldado, adoptamos una nena ante el Juez de Azul, María. En 1982 fuimos a adoptar a otra nena a la Casa Cuna en La Plata, María Cecilia Raquel. La coincidencia es que las dos nacieron el mismo mes, del mismo año, pero con un día de diferencia. Quise seguir adoptando y entonces me pedí el pase para Salta, en julio del 83, cuando le faltaban 10 días para cumplir un año, adopté a Marcos, el único varón que tengo, que está por cumplir 38 ahora. El mismo año, pero en septiembre, adopté con un año y medio a María del Carmen. Su madre me la dio en mano y después yo hice todos los papeles en el Juzgado. En octubre del 84 adoptamos a María José, que también estaba en la Casa Cuna de La Plata”, recuerda con lujo de detalles el protagonista principal de esta historia.
Sus hijos hoy tienen 39 (dos de ellos), 38 (otros dos), 37 y 28 años. La menor es discapacitada y la manera por la cual supo de ella tiene una particularidad.

“Ramona María Milagros vino en un momento de mi vida determinado, en el año 92. Mientras yo trabajaba escuchaba a Héctor Larrea en Radio Rivadavia, en un programa con Mario Sánchez le dieron paso a un Juez y comentaban que se buscaba a una familia para adoptar a Ramona, una nena no vidente con hidrocefalia declarada. Hicimos los trámites, nos anotamos con mi mujer y el juez decidió después que éramos nosotros los que podíamos adoptarla”, cuenta González, que entonces ya era papá de otros cinco hijos.

“Mi señora me acompañaba, también siempre les consultamos a los chicos y tomamos la mejor decisión que creíamos. Yo creo que las personas valen por lo que tienen en el corazón, adentro. La belleza interior siempre está intacta, la exterior con el tiempo se va perdiendo”, reflexiona.

“Hay muchos padres que pueden ser ejemplo. Yo sé que lo que hice no es muy habitual, me dicen que soy el loco que adopto chicos. Mi señora me acompañó siempre, en todas las decisiones; y los chicos también. Es así mi vida, no sé…”, asume Abel con total naturalidad.
“Una fecha como es esta, del Día del Padre, yo la tomo como un día más. El día del padre es todos los días, como el día de la madre. Hay que estar en el día a día, yo lo vivo así”, se sincera este papá, que desde hace más de 30 años vive para sus hijos.

Sandra y Beatriz
Sobre mediados de los años 90 en el Hogar Belgrano había dos niñas (Sandra y Beatriz) que necesitaban de la contención de una familia para una fecha determinada. Abel González tomó conocimiento del tema a través de unas hermanas conocidas suyas y se comunicó con el por entonces Juez de Menores. A los pocos días, junto a su esposa y sus hijos fueron a buscarlas para que vivan con ellos, con la particularidad de que la convivencia se extendió durante cinco años. Así se generó una relación a base de amor que González recuerda hoy con muchísimo cariño.

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