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Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.

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Evangelio según San Marcos 4, 35-41

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua.

Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?». Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Reflexión del Padre Pablo Vallés
La Tradición de la Iglesia siempre ha visto en este texto de la tempestad calmada que nos presenta el Evangelio del domingo una imagen de la misma Iglesia. Hay momentos en que la barca de la Iglesia pasa por grandes crisis y pruebas que parecen hacerla zozobrar como las olas del mar tempestuoso en medio de una tormenta. Sin embargo hay en medio de la barca una divina presencia silenciosa, que parece dormida y ausente.

Es la presencia del Señor que no permitirá el naufragio y destrucción de su Iglesia. También podemos ver en este pasaje una imagen de nuestra propia vida, tan frágil y vulnerable como una pequeña barca en medio de la tempestad. Cuántos peligros nos acechan, y cuanta alarma y preocupación nos embarga cada vez que debemos transitar los intrincados mares de la vida: la acechanza del covid o de tantas enfermedades, la inestabilidad económica y laboral, la incertidumbre respecto al presente y al futuro. Y en medio de la prueba, Jesús parece estar al margen, parece dormir.

En esos momentos es necesario despertarlo como lo hicieron los apóstoles, pero no con desesperación y desconfianza, sino con fe. Hay que despertarlo para que nos rescate, porque en sus manos reposan nuestras vidas y él tiene el poder para vencer a nuestros peores miedos. Hay que despertarlo a través de la súplica y la oración constante y confiada, y el Señor actuará.

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