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La Deportiva

No llovía, eran lágrimas de emoción

Escribe: Mario Nicolás Uhalt

Publicado

el

9 de abril de 2016. Siete y media de la mañana. Día nublado y un poco frío hasta ese entonces. Pocas palabras, pero muchas miradas, como si estuviésemos concentrando para lo que venía. No era para menos, el día tan soñado había llegado para hacerse realidad. Por esa razón, nos levantamos con las mismas ganas de aquella vez que viajamos a la cancha de Tristán Suárez en el 2004, donde por primera vez me diste la mano y me llevaste de visitante cuando era pendejo. Sin embargo, esta vez tenía un condimento especial, porque aquello que nosotros pregonábamos y anhelábamos, sabiendo que algún día iba a llegar, finalmente se iba a cumplir en solo un par de horas.

Nos subimos a un micro que emprendió el viaje, sabiendo del acontecimiento que se nos venía encima. Mientras vos leías el diario La Verdad que titulaba “34 años después”, en referencia al tiempo esperado, te miraba porque yo sabía lo que significaba para vos. Encima como si fuera poco, no podía pegar un ojo.

Sólo después un par de minutos de recorrido, recibí una llamada y no podía ser otro que él. Ya tenía emoción en el cuerpo y encima me llamó el viejo. “Tito, abuelo querido, ya estamos rumbo al estadio” le dije al toque, por un lado para darle la noticia y asimismo en la connotación de las palabras, le estaba expresando que viajaba representado en nosotros y esta vez, íbamos a vivir lo que él ya había podido gozar desde la tribuna.

Sin olvidarme de “Tete”, con quien toda la semana me la pasé hablando de lo que iba a ser y hasta quería ir con la pata de madera. Nada lo detenía, porque él también había estado en un palco en 1982 y sin saber, hasta vio jugar en la cancha a su futuro yerno (mi viejo). No me olvidaba de ellos, queda claro, pero esta vez de una buena vez por todas me tocaba a mí y a esta generación sufrida, que por décadas tuvo mucha hombría para aguantar los trapos.

Retomando, con mi papá seguimos pegados al asiento y nos decíamos cara a cara que esta vez la íbamos a poder contar, con el gran aliciente que coincidíamos en que no nos íbamos a volver a Junín con las manos vacías, algo nos íbamos a traer, algo iba a pasar, algo iba a ocurrir, el libreto se iba a romper, la lógica de todo el mundo no se podía dar e iba a ser diferente, ¡tenía que ser diferente!.

Ya acercándonos a la selva amazónica moderna, pasamos por Morón y San Temo y pensábamos las tantas veces que el equipo tuvo que jugar ahí y nuestras visitas a la tribuna de esas canchas, que por cierto eran bastante complicadas.

Seguidamente, cuando llegó la hora de bajar, entre llamados y enormes favores que nos hicieron grandes personas que están viviendo allá, nos tomamos el colectivo 123, nos sentamos los dos delante de todo y ya observábamos que se avecinaba una tormenta bastante grande.

El movimiento era palpable, las camisetas rivales empezaban a asomar desde temprano como hormigas, al igual que la policía, el humo de los choris y hamburguesas. Todos sabían que jugaba el equipo de Núñez, de hecho de un colectivero a otro, mientras manejaban en plena avenida Libertador, se preguntaban contra quien se enfrentaban, hasta que uno se acordó y dijo “contra los de Junín maestro”. Mientras tanto la tormenta cada vez era más negra y se venía encima.

Ya entre la gente, emprendimos la caminata hacia el ingreso, ese momento tan épico de un hijo junto al padre, de un padre junto al hijo. Entrada en mano que marcaba la fecha, recordándome que tenía que quedar marcada a fuego, mientras estábamos inmersos en una multitud, sin los colores distintivos rojo y blanco.

Ya cerca empezábamos a ver los cimientos de semejante estadio. Pasamos el ingreso, llegó la caminata en la escalera oscura y de pronto se hizo la luz… ahí estábamos, por fin habíamos llegado, el “Monumental” por delante nuestro, inmenso y a la vez desafiante por sus dimensiones, como para amedrentar al rival de turno, que en este caso éramos nosotros; y nos incluyo en la lista de buena fe de Caruso Lombardi para ese partido, porque lo jugamos, desde afuera, pero créanme que lo jugamos, al igual que todos los que estuvieron pendientes desde la ciudad.

No sabíamos dónde sentarnos, porque en todos lados había gente de ellos, subimos, bajamos y volvimos a subir y a bajar, hasta que nos decidimos. Sector izquierdo de la platea Centenario, casi al lado de la sección de prensa. Desde ese rinconcito proyectábamos nuestras esperanzas y anécdotas. “¿Te acordás cuando fuimos a Jáuregui?, ¿Te acordás cuando perdimos el torneo del 2010 y parecía que no íbamos a ascender más?, pensar que ahora estamos acá” recordé rápidamente, pero tu respuesta fue matadora. Con la voz cortada me dijiste “pensar que yo estuve ahí adentro y ahora vengo desde el anonimato como un hincha más”. Me aniquilaste, se hizo un silencio entre nosotros, mientras se escuchaba de fondo la voz del estadio.

Queríamos observar todo y no perdernos absolutamente nada. Por eso vimos la sigla “C.A.S” salir por ese famoso túnel donde afloraron por ejemplo, grandes glorias de la selección argentina como Messi y Maradona. Seguidamente el árbitro pitó y como si estaría guionado comenzó a llover, créanme que ni un minuto antes ni un minuto después, justo con el sonido del silbato, como si el clima estaría en concordancia con el acontecimiento.

Los dos goles de ellos fueron un mazazo en la cien, no sabíamos que hacer en ese momento, donde meternos, pero algo “diferente” iba a pasar, la historia no podía terminar igual.

Gestos rápidos, miradas por doquier, palabras con sonido bajo, ocultando la boca con la mano, como los jugadores vió usted, todo para que no se terminen de dar cuenta que éramos de afuera y digo terminen porque para mí lo sospechaban desde un principio.

Al estar en la terminación de la platea, no había resguardo y el frío que me pegaba en el cuello era insoportable, a tal punto de querer correrme de lugar, pero justo llegó el descuento y toda la procesión iba por dentro. Disfrute total, ahí en el mismo arco donde Mario Kempes nos terminó de dar la Copa del Mundo del 78 y ni que me ofrecieran un millón de pesos me movía de ese lugar. A esa altura la lluvia no paraba, era torrencial.

El entretiempo fue de análisis futbolístico, sabiendo siempre que algo más tenía que haber, no sólo porque lo sentíamos, sino porque el maldito descenso nos estaba soplando la oreja y se nos venía encima. El inicio del complemento fue un manojo de sensaciones encontradas, nervios, esperanza, aprensión, de todo hermano. Pero llegaría la más linda… la alegría.

Se acercaba el final y desde la tribuna queríamos empujar la pelota. El ambiente se cortaba, porque Sarmiento iba y la sensación era que llegaría el empate. El murmullo aturdía después de que el ecuatoriano pegara la pelota en el palo y nosotros a esa altura nos mordíamos los labios, apretábamos los puños, mirábamos hacia el cielo, para el piso, como buscando una respuesta, ya no sabíamos que hacer. Pero como les dije al principio, si bien era un día histórico no nos conformábamos con irnos dignamente derrotados, algo más iba a pasar, ¡tenía que pasar! y así fue.

El destino se acordó de nosotros y nos hizo un guiño, minuto 46, le pegó “El Negro” desde afuera del área, hubo mano y observé al árbitro que marcaba el punto del penal, el corazón lo tenía a mil por horas. En ese momento, me acordé que el último partido que había ido de visitante, ese árbitro había cobrado un penal, en Mendoza, sobre el final y en ese entonces el “Yacaré” lo terminó errando. Entonces por cábala no lo podía ver, no quería que pase lo mismo y así fue.

Me fui para el playón de la tribuna mirando hacia los innumerables edificios de la ciudad e imploré que esa maldita pelota entrara. Los minutos pasaban y eran interminables, pero cuando me di vuelta para ver que había pasado y lo vi a mi viejo agitando los puños para abajo, nos fundimos en un gran abrazo en plena platea. “Lo metió Cháves, lo metió Cháves” me decía, mientras los hinchas de River nos miraban sorprendidos anonadados por la emoción que nos invadía el cuerpo.

Culminado el histórico empate, como ese 23 de mayo de 2004 en Ezeiza, salimos abrazados de la cancha, porque ver los colores verde y blanco, englobaba muchos aspectos más allá de un partido fútbol. Luego, agarramos devuelta la famosa avenida para finalmente emprender el regreso y la lluvia seguía en la noche de Núñez; pero en ese momento supe que el agua que caía no era casualidad, porque entendí que esa noche no llovía, eran lágrimas de emoción de Lina…que nos vio así de juntos desde arriba.

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