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Modesti: “Pensar en lo que nos hizo nos causa la desesperación más grande”

Camila “quería ser maestra jardinera. Le gustaba estudiar. Estaba siempre con las carpetas, los dibujos”. Las palabras suenan como una demanda sin respuesta que una tarde de verano se llevó lejos… muy lejos

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Nada es lo mismo para los vecinos del barrio Ricardo Rojas.

Desde la tarde del domingo, cuando encontraron abusada y asesinada a Camila, todo cambió.

No hay otro tema de conversación. Cuando se cruzan las mujeres que salen a hacer las compras, en el kiosco, en el almacén, sólo se habla de Camila, de Alejandra su mamá, de los hermanitos. De “la bestia” que tenían como vecino.

El hogar que comparten Alejandra y Guillermo es todo dolor desde la tarde que encontraron el cuerpo sin vida de la pequeña, en la quinta de Arias 1559

La mamá, “a la pieza no entra. No toca nada de Camila.  Duerme en el comedor en un colchón y no sale casi nada. Cuando lo hace, no levanta la vista va mirando el suelo”.

Y no es para menos. Se mueva para el lado que fuere, tiene frente a ella el terreno, la  tranquera, la casa en la que asesinaron a su pequeña niña.

Quien relata las horas por las que están atravesando es Guillermo, el esposo de Alejandra y papá del corazón de Camila.

Ya mucho se ha escrito sobre la desaparición de la niña de 11 años, el hallazgo, los incidentes protagonizados por vecinos que querían linchar al asesino, la detención, el traslado. Pero no en primera persona.

Y escucharlo en boca de uno de los protagonistas de la búsqueda , su papá del corazón, que compartió los últimos nueve años y medio  de su vida con la pequeña que lo llamaba “papá, papito”, permite tomar verdadera dimensión del horror que vivió la pequeña y el profundo dolor que los embarga como familia.

LOS ANHELOS TRONCHADOS. Con una mezcla de tristeza  y sonrisa apenas esbozada, Guillermo recuerda que “quería ser maestra jardinera. Le gustaba estudiar. Estaba siempre con las carpetas, los dibujos. Les enseñaba a sus hermanitos”. Su juego preferido “era a la maestra”.

Estudiaba en el Colegio Centenario y como era muy cariñosa, “cuando volvía lo primero que hacía era abrazar a su mamá” y se escuchaba un “te amo mami”.

“Ahora estaba rindiendo una materia, matemáticas. En todas las otras materias estaba bien”, aclara Guillermo Modesti.

“Tenía todas las condiciones. Era cariñosa. Sabía sentarse a tomar mate con nosotros” y un rasgo saliente que hoy toma especial trascendencia, “era desconfiada, No se acercaba a nadie”.

  LA TRAGICA CONSTATACION. Indefectiblemente llegaría el peor de los recuerdos, el del domingo. “Es de terror. Ella fue acá a la vuelta. Todo el mundo la conoce. Cuando no vuelve, la empiezan a buscar. A mi me llaman porque yo estaba en la casa de un hermano. Pensaban que se podía haber ido a la casa del papá en la bici. Pero era raro. Camila no…”

“Llegué buscándola en el camino. Y cuando llegué ya había más de cien vecinos por todos lados. Lo que menos se podía pensar era que Camila iba a estar a cuarenta metros de la casa”.

Cuando ingresaron al predio, habrían sido unas diez personas además de dos efectivos policiales.

“Al hombre se lo vio como sospechoso. Primero decía que no. Después autorizó y se pudo mirar abajo pero claro, cuando quisieron subir, ahí empezó el problema”.

Una vez que la encontraron, recuerda Guillermo, “se pudrió todo. Se vinieron todos los vecinos, además de los que la estaban buscando. Más gente de La Loma, del San Martín”.

LA BICILETA…Recuerda Guillermo el momento en el que encontraron la bicicleta de Camila. “Estaba abajo, en un rincón y arriba tenía una escalera de aluminio, un pueblecito y un nylon. Cuando entré, la policía me preguntó si la podía reconocer. Me acerqué y era, tenía una soldadura y fue justo lo que vi”.

Después, “me sacaron. No me dejaron subir. Les pedía por favor pero el policía me habló muy bien. Me dijo, mira, vos sos el papá. Sabes lo que es un recuerdo de esto. Recordala de otra manera. Y no pude verla”

Mientras tanto, Alejandra “estaba muy desesperada. Nerviosa. Y encima después le pegaron un ladrillazo en la cabeza. Se descompuso y perdió el conocimiento”.

Fue cuando la trasladaron al hospital. Pero después de asistirla, “volvió pero con todo el dolor estaba aturdida”.

Desde la calle, a medida que pasaban los minutos, cada vez había más gente que “quería entrar. Me decían, vamos Guille. Entramos. Vos decís  ya y lo hacemos”.

LA DESESPERACION MÁS GRANDE. Durante el relato, Guillermo habla del presente, de “la desesperación más grande” que los embarga. “Y no nos calma nada porque lo que pensamos, lo que tenemos en la cabeza es el sufrimiento que pasó ella. La desesperación para desprenderse de semejante animal. Camila tenía 11 años pero su cuerpito era como el de una nena de 7. Pensar en las cosas que le hizo…lo peor… estás tomando un mate y se te cruza por la cabeza”.

Y con su relato Guillermo vuelve a la quinta el domingo por la tarde, y a hablar de esa “música rara” que sonaba muy fuerte. “Mi suegra cuando entró le pegó un tirón al cable y logró que se apagara”.

Mientras tanto, a Varela “lo tenían arriba. No me dieron el gusto de poder verlo. Pedía por favor que me dejaban subir…pero no. Hubo gente que llegó. Y lo alcanzaron a golpear. Pero la policía los sacó

SI LO HUBIERAN MATADO. Hoy, más tranquilo, Guillermo reconoce que “si lo hubieran matado hubiera sido diferente. En un momento de bronca uno no sabe lo que hace. Pero yo no prefiero que esté muerto. Quiero que sufra. Que lo mismo que le hizo a mi hija se lo hagan a él. Si lo matan cuánto puede durar, cinco minutos y no va a pagar nada. Ahora va a sufrir por lo que hizo”.

“ME QUIERO IR DE ACA”. Para la familia de Camila, a la tragedia que les toca enfrentar, le deben sumar otro hecho destacable.

El cuerpo de la pequeña apareció en una quinta distante a escasos cuarenta metros del hogar familiar. Asomarse a la puerta es ver el lote, la tranquera, la casa.

Por eso, “me quiero mudar, me quiero ir de acá. Quiero sacar a mi señora de acá, por los recuerdos. Estoy buscando la manera.  Siempre me quise ir a Saforcada”  y tal vez este sea el momento para “cambiarles la vida a los chicos también. Hoy las chicas –hermanas de Camila- no quieren volver”.

“NO ESTAMOS PIDIENDO NADA”. Al difícil momento que viven, le han tenido que sumar una nueva preocupación. La de inescrupulosos que realizan rifas, piden mercadería en nombre de la familia de Camila.

Por eso Guillermo quiso aclarar que “no estamos pidiendo nada. Ni mercadería, ni rifas ni colchones,  ni ladrillos,  ni chapas. Nosotros no pedimos nada”.

Sí hay una realidad indiscutible, se acercan a la casa de Camila vecinos que  quieren colaborar y llevan cosas. “Pero ese es otro tema. Los recibimos porque lo hacen de corazón y no lo podemos rechazar”.

Llegarán tiempos muy duros. Explicarles a los hermanitos más pequeños de Camila el porqué y el cómo de la ausencia. En la actualidad cuentan con asistencia psicológica dispuesta por el municipio. “No nos dejan un solo día.

Para los hermanos más grandes, “el golpe es muy duro”

LA GUARDIA. Grupo La Verdad y Guillermo dialogaron a metros de la tranquera que da acceso a la quinta. El predio hoy permanece con una guardia de Infantería, las 24 horas.

Pero en algún momento se tendrán que retirar y hay un riesgo latente.

Guillermo sostiene que “se está salvando porque tiene custodia”  y no puede asegurar que después no pase nada.

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