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Más de 200 perros esperan en el refugio de AJPA por una familia

La abnegada labor de Alicia Canzonetta, al frente del predio de la Asociación Juninense de Protección de Animales: el trabajo diario, el cariño, las historias de un lugar maravilloso.

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Se trata de un predio de seis hectáreas, a casi diez kilómetros de la zona céntrica de la ciudad, siguiendo siempre por calle Lartigau.

Es el refugio de la Asociación Juninense de Protección de Animales, la casa para alrededor de doscientos perros que corretean por el lugar o permanecen en sus caniles.

Allí todo es pulcritud y amor, a cada animal se lo conoce por su nombre y Alicia Canzonetta, una especie de ángel en la tierra, es la encargada de limpiar el lugar, organizar las fumigaciones, pensar en los antiparasitarios, coordinar las castraciones, cocinarles y recibirlos con los brazos bien abiertos cuando llegan. Y siempre pensando en buscarles una familia.

Alicia está radicada desde hace tres años y le es difícil permanecer en la ciudad por mucho tiempo. Junto a su esposo, quien intercala su empleo con la atención de las múltiples necesidades del refugio, son los responsables de devolverles la confianza en la vida a decenas de perros de todo tipo, color y tamaño, de diferentes razas y recogidos por distintas situaciones.

Sabe que tendrán más posibilidades de partir los cachorritos que un discapacitado o viejito, pero absolutamente todos tendrán la posibilidad de experimentar cariño, protección y cuidados de la mano de Alicia.

Salvados del horror de la calle, de una vida difícil que les han dado a muchos, en el refugio todos los peluditos rescatados comparten y reciben con alegría a los visitantes. Allí están a salvo.

Paraíso en espera

Si el paraíso pudiera tomar una imagen mundana, seguro sería un lugar parecido al que habitan Alicia, su esposo y alrededor de doscientos perros, el refugio de AJPA.

“Estamos de lunes a lunes, los 365 del año, porque ellos nos necesitan. Cada uno tiene su historia particular, llegan de distinta manera”, explica Alicia, en su diálogo con LA VERDAD.

En cuanto a la vía de acceso, cuenta que “muchos son rescatados de la calle, golpeados y lastimados en varios casos. También viene gente que quiere dejarlo, pero el tema es que no hay más lugar”, dice.

El predio es de alrededor de seis hectáreas y si bien queda mucho lugar vacío, los caniles y cuchas ya tienen dueño en su totalidad. Por eso, sin un espacio correspondiente, no pueden aceptar más perros hasta que algunos se vayan en adopción.

“No damos abasto, porque nosotros nos mantenemos con una cuota mínima que pagan los asociados, pero todos los días se están levantando perros de la calle y se ayuda, se ayuda, se ayuda…”, explica Alicia.
El médico veterinario encargado de la atención de los enfermitos es Alejandro Panet, “un excelente profesional, generoso con los callejeros”.

“También encontramos cachorros que nos dejan acá cerca del refugio, pero no es el lugar adecuado para ellos así que por lo general les buscamos tránsito”, detalla.

Para buscarles una familia, integrantes de AJPA publican fotos de los animales con su nombre. Y después de la adopción, se hace un estricto seguimiento. “Ellos llegan en muy mal estado, así que siempre aviso que si el perro no se acostumbra o cualquier cosa que pase, no los dejen en la calle sino que los devuelvan”.

Tarea diaria

Para la alimentación, Alicia explica que “contamos con la ayuda de Tassara que dona el alimento; la panadería El Encuentro nos trae tres veces por semana la miga mal cortada y las cáscaras de pan; un señor Severo que va por las carnicerías nos trae huesos con carne que se les cocinan; también hay una pollería que nos acerca carcazas y menudos y el municipio dona la polenta”.

“Ellos comen una vez por día, a la mañana, a veces dejan para ir picoteando a la tarde”, agrega.
Además, siempre está la mano particular. Vecinos que se acercan con bidones de lavandina o detergente, bolsas de alimento, por ejemplo, porque todo es bienvenido.

Con respecto a la limpieza, “nos ocupamos de fumigar todo el predio, los caniles, las casuchas y los animales, además de ponerse un poco del líquido correspondiente para las pulgas y garrapatas. Esta tarea se hace una vez por semana para poder mantener”, detalla.

Las historias

Cada uno de los perritos que viven en el refugio tiene detrás suyo una historia. “Algunos que son levantados por algunas integrantes de la Asociación y sabemos qué pasó con cada uno”, indica Alicia, mientras acaricia a Firulais, un enorme macho al que debieron amputarle una pata delantera por un accidente.

“Sufren mucho maltrato, a veces en la calle y otras dentro de la misma familia. Hace poquito tuvimos el caso de un pitbull, al que tenían atado con una cadena y estaba famélico, y como el perro cazó una gallina, el dueño le pegó un tiro. No le tocó ningún hueso, la bala no pudieron extraerla… después de eso, este perro buenísimo se dio en adopción y ahora tiene una familia hermosa”, dice, remarcando el final feliz.
Por ahí, en medio de la charla, pasan con sus carritos algunos “disca”. “Lobita si no anda en carro, se arrastra. También está Paco, que ahora tiene el carro roto, así que pasea por las mañana con otro más chico y después se quedan descansando. Él hace tres meses que está, mi esposo lo encontró casi muerto en un zanjón”.

Sin caniles y con mayor libertad, anda un grupo de ‘privilegiados’. Son los que aportó Alicia más otros que hace años que viven en el refugio.

Las necesidades

Por otra parte, Alicia dice que “necesidades tenemos de todo tipo, porque todo sirve. Los materiales para hacer nuevas cuchitas, alambrado, trapos de piso, lavandina, alimento… acá a todo se le da utilidad”.

“Por ejemplo, el otro día no teníamos esponjitas para lavar los tarros de agua y las carretillas, que se repasan con detergente para sacar la grasa de la comida”, destaca.

El municipio donó un tractor para cortar el pasto y además un empleado municipal cumple su horario de trabajo en el predio, para dar una mano.

“También estamos rellenando con tierra los caniles, porque ellos caminan y caminan y van haciendo pozos. Cuando llegué se inundaban todos, yo lloraba porque no podía verlos en el agua…”, cuenta.

Cuando hace tres años ella llegó a hacerse cargo, los peluditos “tenían tambores de chapa, que fuimos reemplazando por plástico porque eran muy fríos, y ahora con el convenio con la Unidad Penitenciaria, hicieron cuchas nuevas. Pero en un abrir y cerrar de ojos, se llenaron… hay algunos que no quieren convivir con otros”.

Las adopciones

Alicia Canzonetta es muy clara: “Para hacerse cargo de un perro, hay que estar concientizado. Se trata de una responsabilidad, por ejemplo hemos dado algún cachorrito que a los dos meses, porque rompió algo, lo devuelven en vez de educarlo”.

Cuando llegan familias en búsqueda de adoptar, las preferencias no van orientadas a los “viejitos”. “Por ahora, buscan tamaño chico, aunque dependen cómo son educados. Se puede tener un galgo en un departamento chico o en un patio limitado, si se sacan a pasear, porque son buenos y dóciles. Acá es la raza que más hay, aunque hay absolutamente de todo”, explica para cerrar la charla.

Una vez que el portón se cerró, Alicia volvió a sumergirse en ese paraíso lleno de cuatro patas, por los que sufre y a la vez es feliz.

Acercar a los chicos

“Mi idea es que vengan las escuelas, que conozcan. Que sepan los chicos cómo viven los perros en un canil cuando son abandonados. Acá se los atiende, se les da cariño, salud y alimento, pero no es lo mismo si tienen un hogar”, dice Alicia.

“Hace poco llegó un grupo del Colegio La Santa Unión, pero estaría bueno que la Municipalidad ponga un transporte y los chicos se acerquen. También festejar el día del animal o el día de la primavera, o en cualquier ocasión, porque así también educamos a los chicos”, agrega.

Una vida allí

“Esta es la labor que hago yo. Hay quienes cuidan abuelos o chicos, yo cuido perros. Hace tres años que voy a Junín a ver a mis hijos, mis nietos, mi mamá, pero enseguida quiero volver porque estoy pendiente si necesitan algo, si se escapan…”, dice Alicia.

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