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Los privilegios de los chacareros

El ilegal intento del gobierno nacional de quedarse con Vicentin no sólo es grave porque viola la Constitución Nacional, el derecho de propiedad, se abusa del poder y se excede todo límite legal, sino porque desnuda finalmente que quien manda en la Argentina nuevamente es el autoritarismo y la discrecionalidad

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Por Alejandro Finocchiaro*

Estamos viviendo tiempos difíciles los argentinos. El COVID-19 se está transformando en parte de nosotros, estamos aislados intentando proteger nuestras vidas y nuestra salud, pero también queremos preservar nuestra República, nuestra democracia, nuestros valores, nuestras tradiciones, nuestros trabajos, queremos preservarnos como país.

El ilegal intento del gobierno nacional de quedarse con Vicentin no sólo es grave porque viola la Constitución Nacional, el derecho de propiedad, se abusa del poder y se excede todo límite legal, sino porque desnuda finalmente que quien manda en la Argentina nuevamente es el autoritarismo y la discrecionalidad. Sin embargo, lo dicho hasta aquí es lo que ya han expresado miles de voces desde el pasado lunes 8. Todas ellas mostraron cuestiones de alta gravedad institucional. Sin restar, por supuesto, importancia a ninguna, creo que aún más serias son las motivaciones profundas que estas decisiones poseen, que ni siquiera es manejar los precios del grano o apropiarse de los dólares que ellos generan. Es mucho más profundo aún, e increíblemente más preocupante.

El sector que ha ganado el control del gobierno, la Vicepresidente y sus voceros, aquellos que hasta hace algún tiempo nos decían eran «sectores marginales» a los que no debíamos prestar atención, poseen profundas carencias intelectuales a la hora de conocer cuál es la realidad de nuestro país, su idiosincrasia y sus valores. Hace doce años, se sorprendieron con la reacción popular ante la «125» y hoy no pueden creer que todo un pueblo se resista a que le avasallen sus sueños y se apoderen de sus derechos.

Para ellos, en algunos casos forjados intelectualmente en resúmenes escolares de Marx, Lenin y Gramsci que sus padres habían dejado olvidados en un baúl, la gente de campo representa una figura malvada que se apropia de la renta extraordinaria de millones de hectáreas, tierra que han poseído en forma ilegítima producto de genocidios y latrocinios varios en la historia argentina. Eso es lo que creen, y lo creen sinceramente.

La política me ha regalado la posibilidad de conocer nuestro hermoso país. No sé si tanto los lugares más turísticos como aquellos de la Argentina real, allí donde la Patria se hace todos los días sin ser tapa de ningún diario.

Y es verdad, tiene razón Grabois, los chacareros tienen privilegios inaceptables, privilegios que él nunca tendrá. Tienen el privilegio de levantarse antes de que salga el sol para trabajar el suelo, en esa ambigua relación donde el ser humano ama la tierra para arrancarle sus frutos; el privilegio del esfuerzo bajo el sol ardiente o en fríos casi escarchados; el privilegio de la alegría de llenar de sangre su ropa mientras ayuda a parir un ternero; el privilegio de acostarse cansado y también el de tener una buena cosecha; el de poder educar a sus hijos en el valor del esfuerzo y del mérito, que en definitiva son lo mismo; el privilegio del llanto cuando la sequía o el granizo arruina la cosecha pero, más aún, el privilegio de volver a empezar siempre.

Y todos ellos, y todas ellas, tienen el privilegio de vivir en sus pueblos. Pueblos que seguramente forjaron manos callosas, donde todo tiene historia, donde cada lugar remite a una leyenda que se ha contado por generaciones en cada mostrador o mesa de bar, donde se ve en cada empresa, cada almacén, cada taller, cada tambo, cada restaurant, el sueño de familias y generaciones enteras. Por eso, también tienen el privilegio de defender lo que consideran suyo aunque no sea su propiedad, porque en el fondo el sentido de pertenencia lo hace propio.

Estos son los privilegios de la gente de trabajo, aquella que se indigna cuando le dicen que la soja es un yuyo o que una cosecha, un litro de leche o un costillar son recursos naturales. Son los privilegios que hace mucho tiempo hicieron de la Argentina la tierra de promesas que tenemos que rescatar.

Hoy están intentando quedarse con una empresa agropecuaria. Mañana, ¿quién dirá? Ningún país puede crecer si la gente tiene miedo de que el gobierno se quede con el resultado de su esfuerzo.

Si esto prospera la República será más pobre, y no estoy hablando de dinero. Se habrá sentado un precedente horrendo. Y habrá que seguir repitiendo, a quienes nos gobiernan, que la democracia es el derecho a vivir sin miedo.

(*) – Ex ministro de Educación de la Nación.

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