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Los largos viajes…

P. Víctor Roncati – Después de un largo viaje desembarcamos en Jaffa, y desde allí seguimos un poco a pie y otro poco en caballo rumbo a nuestro destino.

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(Nota 4)

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Después de un largo viaje desembarcamos en Jaffa, y desde allí seguimos un poco a pie y otro poco en caballo rumbo a nuestro destino. ¡Y allí está: Jerusalén, resplandeciente bajo el sol!
Nuestro júbilo y alegría son indescriptible, era el viernes 4 de setiembre de 1523. Allí sólo estuvimos unos veinte días, aunque la voluntad de Iñigo era quedarse; pero en fin, volvimos a Barcelona, en total la travesía había durado once meses.
Cuando íbamos caminando veo entre luces que en su alforja Iñigo lleva los papeles que él estaba escribiendo sobre la Navidad, él dice que son para los Ejercicios Espirituales, muchas veces me hablo de ellos, es su Plan, su Idea para aportar a la Iglesia. En la vida nueva que lleva Ignacio, el dinero ocupa un lugar importante, pero no para procurarlo, sino para deshacerse de él.
Una anécdota que me conto es que a su paso por Venecia, hacia mucho frio y le dieron una manta que se enrollo en torno a su estomago, y también unas cuantas monedas. Y sucedía que, estando en Ferrara, un mendigo le pidió limosna, y él le dio una moneda. Se presentó un segundo mendigo y le dio otra moneda de más valor, y así vino un tercero, y muchos más… hasta quedarse sin dinero, y entonces se excusa diciendo: “Perdónenme, amigos, pero ya no me queda nada…”.
Para él, la pobreza no es algo triste; pide: “Amen todos la pobreza como Madre, porque Cristo escogió ser pobre; amarla como Madre, porque no hay pobreza evangélica si no hay esperanza”.
Vuelvo a recordar, cuando estábamos en Jerusalén, ya pronto a regresar, se escapó y fue al Monte de los Olivos; allí hay una piedra, de la cual dice la tradición y la historia, subió Jesús a los cielos, y se ven las pisadas impresas. Allí fue Iñigo a rezar y se detuvo para “ver” con precisión como estaban las huellas de los pies, ya sea el derecho y el izquierdo.
Para Ignacio la oración no es un ejercicio intelectual; ni una evasión de la realidad; en la oración toma parte la imaginación, como las demás facultades del alma y del cuerpo; porque se trata de estar presente en lo que se vive.
La “composición del lugar” es un “preludio” a la contemplación; y poder contemplar la humanidad de Cristo es un camino para ir de lo visible a lo invisible.
Amigo, por eso regrese al monte de los olivos para ver cuál era la orientación exacta de las huellas de los pies de Cristo, para saber hacia donde él dirigía su mirada y así yo poder en mis oraciones, poner bajo la mirada del Señor, todas las intenciones. Ignacio, cuando me cuentas esto sólo tengo que preguntarme ¿Cómo es mi oración? ¿Tengo necesidad de ella? ¿Cuánto tiempo por día le dedico, a la oración? ¿Cuando leo los evangelios trato de ubicarme en ese lugar, en ese tiempo… me dejo llevar por la imaginación…?

Latín, Latín
Amigo, te comento que cuando era chico mi padre había hecho un ensayo de llevar un preceptor a la Casa-Torre en Loyola. Aprendí muy bien a leer, a escribir y cantaba bastante bien, pero me costaba mucho la gramática latina.
Cuando estuve en Manresa, mi “maestro “de escuela fue Dios, porque fue allí donde comencé a escribir los Ejercicios Espirituales, fue como una experiencia espiritual secreta.
Cuando fuimos en viaje a Tierra Santa lleve lo que había escrito y allí tuve una experiencia más vivencial.
“Después entendí que era la voluntad de Dios que no estuviese en Jerusalén, y regresaba pensando que haría, y al final me incline a estudiar un tiempo para poder ayudar a los hombres…”.
En Barcelona estuve tres años estudiando, pero no sabía bien para qué.
Vos has leído los Ejercicios Espirituales y sabes como yo que son un instrumento para cambiar y transformar los corazones y hasta el propio mundo. Yo quiero servir a la Iglesia, pero en este tiempo, con esta cultura, con el esfuerzo y el lenguaje de la Iglesia y del mundo en el que vive.
Es por eso, que a pesar de mis treinta y tres años voy a aprender con los niños los rudimentos de la gramática latina.
En Barcelona me matriculé en la universidad de Alcalá para seguir los cursos de “Artes” es decir de filosofía. Allí vivíamos con cuatro compañeros y enseñaba catecismo a los niños y daba los Ejercicios Espirituales.
Es allí, en Alcalá y en Salamanca, en donde la Inquisición me procesó por querer enseñar mi propio y particular método de unión con Dios, y todo esto me enseñó a reconocer que para defender los Ejercicios necesitaba trabajar aun más, aunque fuera en detrimento de un apostolado inmediato.
Decido marcharme a Paris. Allí, a mis treinta y siete años, me vuelvo a sentar en los bancos junto a los chiquillos para volver a aprender latín y su gramática.
Y para lograr esto, debo renunciar a muchas cosas, pero a lo que no renuncio es al apostolado, ya que es por medio de los Ejercicios, que encuentro a mis primeros compañeros: ¡Hola! Te presento a Pedro Fabro y Francisco Javier… ¡mucho gusto! Seremos compañeros de viaje.
En la universidad “no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero cuando termina el curso, todos volvemos a lo de siempre”.
En las universidades españolas, la enseñanza se basaba en el método de las “Clases magistrales”. En Parí, se basa en los ejercicios prácticos, y las “repeticiones”, la relación personal con el maestro y la atención que los más capacitados prestan a los menos dotados. En resumen: el método parisino recordaba en cierto modo el método de los “Ejercicios Espirituales”.
Bueno, Iñigo, vamos a descansar un poco, que ya es tarde… ¡¡¡ Maestro!!!

Que Dios los bendiga.
Los largos viajes… (Nota 4)

(CON FOTO RONCATI)

Después de un largo viaje desembarcamos en Jaffa, y desde allí seguimos un poco a pie y otro poco en caballo rumbo a nuestro destino. ¡Y allí está: Jerusalén, resplandeciente bajo el sol!
Nuestro júbilo y alegría son indescriptible, era el viernes 4 de setiembre de 1523. Allí sólo estuvimos unos veinte días, aunque la voluntad de Iñigo era quedarse; pero en fin, volvimos a Barcelona, en total la travesía había durado once meses.
Cuando íbamos caminando veo entre luces que en su alforja Iñigo lleva los papeles que él estaba escribiendo sobre la Navidad, él dice que son para los Ejercicios Espirituales, muchas veces me hablo de ellos, es su Plan, su Idea para aportar a la Iglesia. En la vida nueva que lleva Ignacio, el dinero ocupa un lugar importante, pero no para procurarlo, sino para deshacerse de él.
Una anécdota que me conto es que a su paso por Venecia, hacia mucho frio y le dieron una manta que se enrollo en torno a su estomago, y también unas cuantas monedas. Y sucedía que, estando en Ferrara, un mendigo le pidió limosna, y él le dio una moneda. Se presentó un segundo mendigo y le dio otra moneda de más valor, y así vino un tercero, y muchos más… hasta quedarse sin dinero, y entonces se excusa diciendo: “Perdónenme, amigos, pero ya no me queda nada…”.
Para él, la pobreza no es algo triste; pide: “Amen todos la pobreza como Madre, porque Cristo escogió ser pobre; amarla como Madre, porque no hay pobreza evangélica si no hay esperanza”.
Vuelvo a recordar, cuando estábamos en Jerusalén, ya pronto a regresar, se escapó y fue al Monte de los Olivos; allí hay una piedra, de la cual dice la tradición y la historia, subió Jesús a los cielos, y se ven las pisadas impresas. Allí fue Iñigo a rezar y se detuvo para “ver” con precisión como estaban las huellas de los pies, ya sea el derecho y el izquierdo.
Para Ignacio la oración no es un ejercicio intelectual; ni una evasión de la realidad; en la oración toma parte la imaginación, como las demás facultades del alma y del cuerpo; porque se trata de estar presente en lo que se vive.
La “composición del lugar” es un “preludio” a la contemplación; y poder contemplar la humanidad de Cristo es un camino para ir de lo visible a lo invisible.
Amigo, por eso regrese al monte de los olivos para ver cuál era la orientación exacta de las huellas de los pies de Cristo, para saber hacia donde él dirigía su mirada y así yo poder en mis oraciones, poner bajo la mirada del Señor, todas las intenciones. Ignacio, cuando me cuentas esto sólo tengo que preguntarme ¿Cómo es mi oración? ¿Tengo necesidad de ella? ¿Cuánto tiempo por día le dedico, a la oración? ¿Cuando leo los evangelios trato de ubicarme en ese lugar, en ese tiempo… me dejo llevar por la imaginación…?

Latín, Latín
Amigo, te comento que cuando era chico mi padre había hecho un ensayo de llevar un preceptor a la Casa-Torre en Loyola. Aprendí muy bien a leer, a escribir y cantaba bastante bien, pero me costaba mucho la gramática latina.
Cuando estuve en Manresa, mi “maestro “de escuela fue Dios, porque fue allí donde comencé a escribir los Ejercicios Espirituales, fue como una experiencia espiritual secreta.
Cuando fuimos en viaje a Tierra Santa lleve lo que había escrito y allí tuve una experiencia más vivencial.
“Después entendí que era la voluntad de Dios que no estuviese en Jerusalén, y regresaba pensando que haría, y al final me incline a estudiar un tiempo para poder ayudar a los hombres…”.
En Barcelona estuve tres años estudiando, pero no sabía bien para qué.
Vos has leído los Ejercicios Espirituales y sabes como yo que son un instrumento para cambiar y transformar los corazones y hasta el propio mundo. Yo quiero servir a la Iglesia, pero en este tiempo, con esta cultura, con el esfuerzo y el lenguaje de la Iglesia y del mundo en el que vive.
Es por eso, que a pesar de mis treinta y tres años voy a aprender con los niños los rudimentos de la gramática latina.
En Barcelona me matriculé en la universidad de Alcalá para seguir los cursos de “Artes” es decir de filosofía. Allí vivíamos con cuatro compañeros y enseñaba catecismo a los niños y daba los Ejercicios Espirituales.
Es allí, en Alcalá y en Salamanca, en donde la Inquisición me procesó por querer enseñar mi propio y particular método de unión con Dios, y todo esto me enseñó a reconocer que para defender los Ejercicios necesitaba trabajar aun más, aunque fuera en detrimento de un apostolado inmediato.
Decido marcharme a Paris. Allí, a mis treinta y siete años, me vuelvo a sentar en los bancos junto a los chiquillos para volver a aprender latín y su gramática.
Y para lograr esto, debo renunciar a muchas cosas, pero a lo que no renuncio es al apostolado, ya que es por medio de los Ejercicios, que encuentro a mis primeros compañeros: ¡Hola! Te presento a Pedro Fabro y Francisco Javier… ¡mucho gusto! Seremos compañeros de viaje.
En la universidad “no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero cuando termina el curso, todos volvemos a lo de siempre”.
En las universidades españolas, la enseñanza se basaba en el método de las “Clases magistrales”. En Parí, se basa en los ejercicios prácticos, y las “repeticiones”, la relación personal con el maestro y la atención que los más capacitados prestan a los menos dotados. En resumen: el método parisino recordaba en cierto modo el método de los “Ejercicios Espirituales”.
Bueno, Iñigo, vamos a descansar un poco, que ya es tarde… ¡¡¡ Maestro!!!

Que Dios los bendiga.
P. Víctor Roncati.
Parroquia San Ignacio de Loyola. Junín.

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