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Las dos valijas

Por Víctor Roncati.
Hace tres años llegaba a la Parroquia de San Ignacio en Junín; fue alrededor de la Celebración de la Virgen de Fátima.

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Escribe: Padre Víctor Roncati.
Parroquia San Ignacio de Junín.

Hace tres años llegaba a la Parroquia de San Ignacio en Junín; fue alrededor de la Celebración de la Virgen de Fátima.

Me acuerdo que, dos meses antes, me había llamado el arzobispo Agustín para proponerme un cambio de Parroquia, lo cual yo acepte, aún antes de saber cuál iba a ser mi destino. Y mi alegría fue mayor cuando me enteré que era Junín.

Comencé a preparar mi corazón para el cambio. Yo estaba en la Parroquia “Santísima Eucaristía” de Chivilcoy desde hacía diez años, realmente era muy feliz. La gente muy buena, muy trabajadora, había un clima de unidad, de paz, de fraternidad. Y yo, todos los días, podía celebrar el Misterio de tener a Jesús en mis manos a través de la Misa y la gracia de poder “alimentar” a mi gente amada.
Tuve que ir compartiendo la idea de mudarme con la gente de la parroquia y todos la fuimos asimilando de a poco con “dolor” y con “ilusión”. Siempre algo nuevo trae un desafío y una esperanza.
¡A preparar las cosas materiales! Algunos muebles que trasladar; siempre uno se va cargando y apegando a cosas. ¿Cuándo seremos libres totalmente? De los objetos, de las personas, de los afectos.
Tenía que armar sobre todo las dos valijas, para ir a Junín.
La primera, era una valija vieja y grande, media desteñida, fea, y que la llevaría en mi mano izquierda; allí pondré algunos libros, fotos de amigos, mi campera azul y un puñado de cosas más. Cuando quise probar para agarrarla, me di cuenta que estaba muy pesada, pero me animé y la llevé igual, la cierro y que espere.

La segunda valija era nueva, pequeña, colores claros, pero tenía la característica de que todo lo que pongo puede entrar, la manija para agarrarla es grande y resistente ¡A esta si la voy a llevar de una manera elegante!, ofreceré mi mano derecha.
Cargo lo mejor de mi personalidad, dejo de lado mis celos, mi orgullo, mi vanidad, mi soberbia. Cargo mis ilusiones, y dejo de lado mi pesimismo, el pensar que se todo, mi experiencia, ¡quiero volver a empezar! Con toda la expectativa de lo nuevo.
Pongo mi mejor alegría y sonrisa, dejo de lado la tristeza, el miedo, el mal humor.
Subo a la valija los proyectos vividos, pero dejo de lado que sean esos los perfectos, todo se puede cambiar, renovar, perfeccionar. Pero sobre todo pongo mi corazón abierto y mi esperanza renovada.

¡Hay que nacer de nuevo!
Una vida nueva me espera. Casi al borde de los sesenta años, el Señor me dice “Víctor: sacude tus zapatos y a caminar”. Yo que pensaba transitar mis últimos años un poco más tranquilos, desde todo lo que sea administrativo, organizativo, económico y dedicarme con más tiempo a atender gente en entrevistas personales, sobre todo a gente con dificultades y enfermos; en lo que creo que es lo que mejor hago; sin embargo Jesús me dice: “te voy a enviar a un lugar un poco más “movido” y donde tendrás vaivenes que sortear”.
Allí tendrás unas cuantas capillas a tu cargo; otros sacerdotes que acompañar, más actividades que organizar, eventos para realizar, escuelas y colegios donde tendrás que animar y estar; y el diario para escribir y cooperar.

“Señor” le dije: “mirá que yo estoy un poco grande, que mis fuerzas son pocas, que mi capacidad intelectual y espiritual es pequeña, que…”.
Y vi una sonrisa de Jesús, y sentí como una palmada sobre mis hombros y su voz que me dice: “Yo te voy a ayudar”.
Así partí, rumbo a Junín, con mis dos valijas.
En la ceremonia de nombramiento de Párroco, me acuerdo que dije: “yo era muy feliz en Chivilcoy; y el Señor me mando aquí; y el desafío es ser feliz con ustedes, porque ahora son mi pueblo”.
Y recuerdo que hice un gesto: me arrodillé y besé el piso del templo… (Seguramente inspirado en lo que hacía el papa San Juan Pablo II).
Junín, tierra de mis ancestros, de mis recuerdos y de mis ilusiones.
Junín es muy significativo para mí, aquí nací. Aquí están gran parte de mis afectos.
Aquí vive mi mamá, que desde su ancianidad y enfermedad me espera todos los días para decirme “hijo viniste” y estrecharnos en un abrazo largo… muy largo… casi eterno.
Aquí están mis hermanas que son mi fortaleza y mi bastión.
Aquí estudie mi escuela primaria Nº 41 en el Barrio Villa Talleres, y mi Escuela Secundaria en el Comercial.

Aquí pasé mis años de niñez, adolescencia y primera juventud, hasta que fui al Seminario “San José” de la Plata para estudiar en mi vocación sacerdotal.
Aquí están gran parte de mis amigos, aunque tal vez no nos veamos tan seguido pero el recuerdo y el cariño están siempre.
Aquí está Sarmiento, el Club de mis amores, aquel que desde niño me arranca mis mejores pasiones.
Hoy quiero decir que con ustedes “soy muy feliz” querida comunidad de San Ignacio, querido Junín.
Sé que a veces no logro colmar las expectativas y necesidades de la gente; pero lo que hago trato siempre de realizarlo con todo mi ser.
A seguir caminando, con alegría, con el pueblo de Dios, con la convicción de saber que en este transitar por Junín es Jesús quien va guiando nuestros pasos.

Dios los bendiga.

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