Homilía del Arzobispo en la Basílica de Luján
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Homilía del Arzobispo en la Basílica de Luján

¿Qué hacer en la desesperación, cuando sentimos que la vida se vuelve pesada y nos hundimos? ¿Qué hacer en esos momentos críticos, límites, difíciles? ¿Cómo reaccionamos? Algunos van decir: “como podemos”.

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El domingo 9 de agosto el Arzobispo de Mercedes-Luján, Mons. Jorge Eduardo Scheinig, presidió la Misa desde la Basílica Nuestra Señora de Luján. A continuación les compartimos su homilía:

¿Qué hacer en la desesperación, cuando sentimos que la vida se vuelve pesada y nos hundimos? ¿Qué hacer en esos momentos críticos, límites, difíciles? ¿Cómo reaccionamos? Algunos van decir: “como podemos”.

Los que seguimos a Jesús ¿a qué estamos invitados?: A estar juntos y a confiar en el Señor.

En los momentos de desesperación, la Palabra nos invita a apostar a la comunión y a la confianza en Jesús vivo.

El domingo pasado Jesús le hizo experimentar a sus discípulos quien es él. Él es capaz de alimentar a la multitud con cinco panes y dos pescados. Cuando ellos querían despedir a la multitud, Jesús les dice: “Dénles ustedes de comer”. Con lo que tienen, Él lo multiplica y sobra. Ellos se dan cuenta, van siendo conscientes de que Jesús es alguien especial. Sin embargo falta mucho todavía para que los apóstoles puedan abandonarse en Él.

Es verdad que la fe es un camino que dura toda la vida y es una invitación a crecer siempre. Terminado ese momento lindísimo en donde entraron en comunión con él y con los otros –más de cinco mil hombres – Jesús les manda cruzar a la otra orilla.

El evangelista Mateo escribe con mucho detalle de una manera muy simbólica. Jesús los manda en la barca a cruzar a la otra orilla. Cuando se leía este evangelio en las primeras comunidades, enseguida se dieron cuenta, que la barca es la comunidad, es la Iglesia. Entonces Jesús los manda juntos, en comunidad, en Iglesia, a cruzar a la otra orilla y Él se queda toda la noche orando en la montaña.

Pero la barca empieza a tener dificultades para avanzar, porque tiene viento en contra, las olas la golpean, la barca es maltratada. La Iglesia, la comunidad, muchas veces sufre dificultades, de afuera y de adentro.

No es fácil ser comunidad, no es fácil vivir en Iglesia. Ante esa circunstancia difícil, crítica, desesperante – el agua ya de por sí genera inseguridad, no da la misma solidez que el piso- ven que alguien se aproxima caminando sobre el agua. Desconocen a Jesús, empiezan a gritar con miedo, “Es un fantasma”, dicen. El miedo se apodera y gritan desesperadamente.

Meditaba sobre los gritos en la Iglesia, los gritos de este tiempo en la sociedad. Hay un griterío que no nos deja ver, que no nos deja percibir, que nos encierra. A la desesperación la hace más desesperante. Entre nosotros, muchas veces se da en las pequeñas comunidades, las parroquiales, nuestras capillas. También en la iglesia familiar, en los grupos, en los movimientos, a veces se da un griterío que no nos permite descubrir que el Señor viene a nuestra vida. Dramatizamos las situaciones, caemos en un pesimismo que no sostiene nada ni a nadie, y nadie pasa la prueba. Nos volvemos exigentes con los otros, inmisericordes, críticos, quejosos, difamamos. No podemos sostener la vida propia, la vida de los otros, no faltan los que no son capaces de ver una pequeña luz, los que dicen que todo está mal, siempre está mal.

Ese griterío hace que ya en las circunstancias difíciles, el miedo se apodere de tal manera de nosotros que entramos en un círculo de muerte.

No es igual al grito de Pedro. Pedro le grita a Dios. Ese griterío en la barca es un griterío a nosotros mismos, es un enredo. Pero Jesús avanza, y les dice: “Ánimo, no teman, soy YO”

Jesús desarticula el miedo, con su presencia inesperada, novedosa.

La primera lectura nos cuenta una experiencia de Elías, donde Dios lo invita a estar en su presencia. Y Elías cree, piensa, que Dios viene en el viento tormentoso, en el huracán, en los rayos, en lo grandioso, en lo fastuoso. Y Dios se le hace presente en una brisa suave. Dios es muy delicado con nuestra fe. Si nosotros tuviéramos experiencias de Dios estruendosas, contundentes, nuestra libertad quedaría limitada. Y si queda limitada nuestra libertad, quedaría limitada nuestra dignidad, no seríamos seres humanos. El Señor no juega con nosotros.

Por eso su presencia, sutil (no débil), inadvertida, -fuerte porque es Dios el que se hace presente-, nos invita a estar con más ánimo, con más serenidad y nos invita a descubrir lo que significa el misterio de la vida en los momentos de crisis y difíciles. Esa presencia nos va dando una dignidad nueva, es el Dios respetuoso que se acerca a nuestra vida, a veces en los momentos difíciles, sin quitarnos vida; al contrario, elevándola. Por eso en ese griterío de la barca, de la Iglesia, aparece Jesús diciendo: “Ánimo, tranquilos, soy Yo, No tengan miedo”

Hay un segundo momento, del diálogo entre Jesús y Pedro. Pedro es el apóstol, la piedra, que va a tener que confirmar en la fe a sus hermanos. El que tiene que llevar el timón de la barca, edificar su Iglesia. Pedro, lanzado, le dice a Jesús: “Dejame ir a vos”, y Jesús le responde, “Caminá”, y empieza a caminar sobre las aguas.

Pero el viento, toda esa situación de tormenta, lo hace entrar en pánico y se hunde. No es que porque se hunde entra en pánico. Al revés. Porque tiene miedo, se hunde. Jesús escucha de Pedro otro grito que no es el de la barca: “Señor, sálvame”, es el grito dirigido a Dios y el Señor lo toma de la mano y lo salva, y tiene que escuchar – con toda delicadeza de parte de Jesús, “Qué poca fe Pedro, qué poca fe en mí. Todavía no te animás a la confianza total”.

¿Qué le pasa a Pedro? Pedro deja de mirarlo a Jesús y empieza a mirarse a sí mismo. Y aparece ya no la comunidad que grita, que distorsiona, que no puede ver la presencia; muchas veces estamos tan enfrascados en nosotros mismos. Es ciertamente humano, en los momentos difíciles, volver la mirada sobre uno mismo, replegarse. Es entendible. Uno no puede dejar de mirarse, y revisa su historia, sus cosas, a veces de manera minuciosa. No hay salida.

¿Qué es la fe? Es un don que revoluciona la vida, la existencia. Porque es una invitación a salir de uno para ir a Dios, confiar en Dios, apoyarse en Dios. No es que uno deja de crecer interiormente, pero la apuesta que hacemos es que me apoyo en Dios.

Estos son tiempos tormentosos, también para la Iglesia.

El Evangelio de este domingo nos invita a cuidar mucho nuestras comunidades, nuestras barcas, nuestras familias, el grupo eclesial, los amigos, la comunidad. Tenemos que tener cuidado de nuestros comentarios; a veces parecen inocentes, pero desatan tormentas en el interior de los otros. Somos parte de un griterío, que aturde, que nos pone en una situación de zozobra.

Nos faltan voces que nos tranquilicen, que nos muestren horizontes, que nos den esperanza. Estamos sometidos a un griterío que ahoga, que asfixia, no nos es fácil salir de ahí.

Para nosotros los cristianos es un desafío cuidar la vida. Y si somos capaces de cuidarnos, podemos descubrir la presencia de Dios.

Cuando rezamos el Credo, esa afirmación de fe comunitaria es muy importante. No es un rito, es una manifestación de nosotros que vemos a Dios en la historia, Él no es un fantasma, es Dios con nosotros. Comunidades creyentes, Iglesia creyente.

Lo segundo de este evangelio, es la capacidad de poner nuestra vida en manos de Dios. “Señor, sálvame, sálvanos”. Este es un grito humano que nos pone en una apertura a Dios fundamental. No está mal decirle a Dios “salvanos, ayudanos, no puedo, no sé, me apoyo en vos”. Y es muy consolador saber que Jesús siempre nos va a tender la mano.

Imaginate agarrado de la mano de Jesús, esa experiencia de sentirse sostenido por Dios en la dificultades.

En las dificultades, saber que Jesús nos sostiene. Pidámosle a Jesús que nos de la riqueza de comunidades vivas y una fe viva que nos ponga en confianza con el Señor.

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