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Historias de Junín: Nuestra Señora de Luján, un barrio con aromas y futuro

La virgen de Luján los alumbra por obra del Padre Gregorio González y de muchos vecinos como los Fernández y los Silva. Los Chilano, con su orgullosa casa asentada en barro, repartían vino y bebida gaseosa al barrio en su caballo tordillo y percherón, pero de paso cansino y firme.

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Escribe Soledad Vignolo

La virgen de Luján los alumbra por obra del Padre Gregorio González y de muchos vecinos como los Fernández y los Silva. Los Chilano, con su orgullosa casa asentada en barro, repartían vino y bebida gaseosa al barrio en su caballo tordillo y percherón, pero de paso cansino y firme. Enfrente, el olor a cuero de la Barraca Fernández se fundía con la piel de los militares del barrio obrero, que eran ejemplo de deber y democracia, hasta algunos se enfermaron por la injusticia con que los mandos deshonraban al ejército, porque el Negro Úzqueda y don Luis García, amigos entrañables y hombres de bien, no merecían recibir repudio por su accionar.
En la esquina de Lartigau y Villegas, frente a lo David, a una cuadra de Miguelito Nadef, llegaba el circo. Los chicos del barrio enloquecían de miedo y de placer y se olvidaban un rato de patear la pelota en el anexo del CADA para curiosear y ver.
En la vereda Chiche, Nelly y las chicas de David comentaban las cuestiones vecinas mientras barrían sueños en escobas de paja, la competencia de malvones floridos mostraba la candidez de una época. Las modistas pedaleaban atareadas para que el circo se llene de familias vestidas para la ocasión.
Los hombres se juntaban en la peña de Cerrito, en Sadi Carnot y Villegas, y organizaban eventos escolares o folclóricos con bajo costo y alto patriotismo.
Un barrio, en donde los chismes se contaban en la carnicería de Pisoni y Carini, y en las charlas, no faltaba Cachenzo, que era el personaje querido y ayudado por el colectivo barrial.
Un barrio que nos dio estrellas deportivas, la China Ayala, Velorio Giménez y Miguelito Álvarez, glorias del futbol juninense.
La tierra y el barro eran patio de juego de los Priori y los Peralta. Y los edificios de hoy, que promueven futuro y bonanza, eran charcos que ideaban un nuevo Nuestra Señora de Luján, con servicios completos y asfalto.
Sin embargo, la magia del pasado sigue logrando en los paseos que aún da Cachenzo, en los saludos formidables de Juan Carlos Úzqueda y en el taller de los Abud, darnos guiños en vasitos de vino tomados en el club Almafuerte, para brindar por la vida, que sigue su curso como un río abstracto que llega hasta la Avenida Padre Respuela, para decir adiós.

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