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Historias de barrio: Nuestra Señora de Fátima «era nuestro mundo»

Hay manzanas que parecen las de Eva, seminales, porque en ellas confluyen belleza, talento y pecado. Nací rodeada e inmersa en esas cuadras.

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Escribe: Soledad Vignolo Mansur.

Hay manzanas que parecen las de Eva, seminales, porque en ellas confluyen belleza, talento y pecado. Nací rodeada e inmersa en esas cuadras. En una época fundacional para mi barrio. El barrio de la Plaza Marcilla, con bancos que invitaban al amor, caminos que cruzaban destinos y el Club Junín enfrente, símbolo del placer en calesita. Las nochecitas en barra y las charlas interminables. Los “viejos” saliendo a pedir silencio. Como si fuera una orden. Claro, era la época de la dictadura. Esa que oíamos y que no comprendíamos. Donde algunos pensaban que la ley pasaba por ellos.
Pero a nosotros, los chicos, la vida nos ofrecía oportunidades. Los cumpleaños multiedad de la época no eran temáticos. No contaban con inflables ni tenían animadores. Las madres armaban los bonetes con cartulinas y papel satinado, los abrochaban o cosían, las chinches apretadas sostenían las letras del feliz cumpleaños y las guirnaldas de papel crepe violetas y naranjas despedían olor a plasticola. Todos los vecinos colaboraban para construir la capilla de Fátima y fue un espectáculo verlos llorar de emoción cuando tomamos allí la primera comunión. La señora de Estévez nos aleccionaba sobre Cristo entre leche chocolatada y lápices de colores. Ir a su casa era una fiesta católica. Con sonrisa amplia y voz grave, el Negro, su hijo, jugando por ahí y los mayores acompañando el hacer cristiano. Me encantaba catecismo, me encantaba mi barrio.
En la casa de la esquina vivía una señora muy bajita y encorvada con las piernas en V, que usaba bastón y se ocupaba del siempre verde que rodeaba su hogar, entre ella y la casa de la señora de Estévez. Don Saborido proveía a los vecinos de todo lo que necesitaran, clavos, elásticos, grampas, cualquier cosa que la casa requiriera, en su local encontrábamos. La diversión era enojarlo.
En la esquina opuesta, la verdulería, enfrente los Blanco, una familia tradicional, y al lado, una mujer que hoy sería premiada. De esas que no tienen edad, doña Amneris, así la llamábamos, enfermera. Ella corría por todos, nos nebulizaba con un aparato que parecía una nave espacial, nos acobijaba, nos pinchaba diciendo: pero qué lindo culo que hay acá. Su presencia significaba cura. Porque contaba anécdotas de El Dorado, que imaginábamos una ciudad de oro, nos cuidaba si alguien trabajaba, o lo que hiciera falta. Ahí estaba Amneris Ferrari. Vivía con su nieta, madre de Sata y Poro, amigos queridos, y en su casa se hacían las fiestas del barrio, corría música de parranda y alegría. En un cuarto exterior teníamos nuestro cine súper ocho. Cobrábamos entrada para comprar golosinas que disfrutábamos juntos sin miedo. El miedo que la sociedad vivía no nos llegaba aún.
En mi casa, teníamos las margaritas de doña Micaela, la vecina lindera, que adornaba al barrio con su pasión por ellas. Los problemas de madera y también los quehaceres escolares o de jardín como la fabricación de toc toc, los solucionaba don Palma, un carpintero de calidad, que te recibía con los ojos más claros que vi y con aserrín en las manos. Frente a mi casa, los Becerra, que compartían banco y conversación, doña María y don José, que junto a los Santana formaban la aristocracia de la edad en el barrio. Me encantaba ir al rosario con doña María, todas las tardes, sin cesar. Don José conservaba la estirpe de la paciencia y detrás vivían el Loli y la Flaca, otros amigos del alma. Pele y Carlitos Becerra creaban mundos, uno era volar en aeromodelismo y la otra escribía para construirlos. Ana Abdo y su perro salchicha me maravillaban y la suerte pasaba por tocarle las orejas. En la esquina los Pozzo, y enseguida, por Garibaldi, que cuando se inundaba era nuestra pileta, estaba el quiosco de doña María Arias. Mujer madre, trabajadora incansable, mujer orquesta. Ir a su quiosco, era chocolate negro en barra, cuadraditos de dulce de leche y caramelos masticable, pero también significaba encuentro. Con zapatillas flechas y medias tres cuartos nos encontrábamos con los Baldo, los Di Filippo, el Lalo Piñeiro, las chicas de Girolami, los Arriola, Rody y el Toy, nosotros y seguro aparecían Renzo y Cecilia della Valle con Willy Calvo y Títí Maiti.
Porque el barrio era muchas cosas. Era pasar por lo de Fati a buscarlos, era caminar de a muchos a la escuela, era correr si tiraba el loco de la esquina de la querida Escuela 24, suspender todo por un partido de fútbol en el campito, cortarse la ceja jugando a la palangana. El barrio incluía olores, la panadería de la Chucho, la libreta del almacén de don Jorge, la guardería de Nora Sclarandi, eran tantas manzanas y casas y nombres y sueños. Era nuestro mundo. Un mundo que salía a la calle en carnaval. Y cuando murió Perón. Y con el golpe, que yo no sabía que era. Era las vecinas secándose las manos en delantales floreados, y compartiendo. Barrio era payanas interminables con guardapolvos blancos almidonados que repelían la tierra para que no nos reten. El barrio era celeste y blanco en el mundial setenta y ocho. Y nos juntábamos en casa a montones a cantar el himno con la mano en el pecho antes de cada partido. En el barrio no entendimos porque a los cumples no venía más el tío Beto con sus títeres. Ni porqué de golpe había gente que no volvía.
El barrio de Fátima, mi barrio de niña, adolescente y joven era un barrio feliz. Hoy lo pueblan nuevos chicos, nuevas historias. Les deseo tanto amor como tuvimos los de aquella época, tanta creatividad suelta en esas manzanas, tanta energía bien puesta. Les deseo que Malvinas nunca vuelva a repetirse ni a manchar el barrio, porque hay en él héroes anónimos que nos defendieron. Les deseo que Rody les cuente como verdadera una de sus hazañas en los sueños y que se reconozcan en los textos del gran Juan José Becerra. Que las margaritas sigan poblando los patios, que el kiosco de hoy tenga una María Arias y que la calle vuelva a ser el escenario de una vida protegida, sin necesidad de la virgen.

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