Galeses en la Patagonia: A 155 años del arribo del velero “Mimosa”
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Galeses en la Patagonia: A 155 años del arribo del velero “Mimosa”

De 43 metros de eslora y casi ocho metros de manga, partió desde el puerto de Liverpool el 25 de mayo de 1865.

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En julio del año pasado se cumplieron 155 años del arribo a la Costa Atlántica de Chubut del velero “Mimosa” en el que, tras dos meses de travesía, arribaría el primer contingente galés a instalarse en la Patagonia. Desde el Atlántico a la Cordillera, la gastronomía, las palabras y los apellidos, la arquitectura de los paisajes urbanos y rurales están atravesados por ese episodio que inauguró un sincretismo cultural inédito.

El “Mimosa”, de 43 metros de eslora y casi ocho metros de manga, partió desde el puerto de Liverpool el 25 de mayo de 1865 con un contingente de 153 colonos galeses: 56 adultos casados, 33 solteros o viudos, 12 mujeres solteras y 52 niños. El viaje fue promovido por nacionalistas galeses, que pretendían conformar una colonia en la Patagonia donde desarrollarse, resguardando sus culturas, su lengua y su religión. Otras corrientes migratorias que partían desde el país de Gales, buscando nuevos horizontes, arribaban a Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, donde su bagaje cultural se incorporaba y mixturaba con las sociedades locales, relegando tradiciones.

El arribo del “Mimosa” se produjo el 28 de julio de 1865, en un accidente costero ubicado al noreste de Chubut, conocido como Golfo Nuevo, en inmediaciones de la actual ciudad de Puerto Madryn. Durante el viaje se produjeron nacimientos y fallecimientos. La tripulación imaginaba llegar a un vergel donde poder llevar adelante una próspera agricultura, por lo que no pequeña fue la sorpresa al advertir que en la tierra que los recibía el clima era hostil y el suelo árido.

Los primeros años fueron particularmente difíciles. Algunos colonos partieron hacia el norte, otros hacia el sur. El sueño colonial de los primeros inmigrantes galeses pareció empezar a materializarse veinte años después, cuando “Los Rifleros de Fontana” se dirigieron a la cordillera en una expedición que dio vida a Esquel y Trevelin, y abrió camino a una amalgama cultural que, poco más de un siglo después, redunda en un atractivo turístico sin igual.

Una Gales patagónica
Con una mirada idealista, los nacionalistas galeses vieron en la Patagonia argentina una opción donde poder asentar una colonia para sostener y reafirmar la identidad. Asimismo, el gobierno argentino necesitaba poblar las tierras del Sur, todavía habitadas mayoritariamente por los pueblos originarios. Por lo tanto, se convino el arribo de los migrantes con el compromiso de la adjudicación de tierras para su establecimiento.

Pero al llegar al Golfo Nuevo, se toparon con un paisaje de estepa tan hostil como inesperado, con clima seco y fuertes vientos. En el lugar, había unos pocos galpones y viviendas precarias que algunos galeses llegados previamente habían montado para guarecerse. Entre los primeros grandes desafíos que tuvieron los recién arribados fue el de encontrar agua dulce. Porque si bien la idea era instalarse a orillas del Río Chubut, el primer asentamiento no fue sino a unos 60 kilómetros de su desembocadura en el Atlántico.

El desconcierto llevó a que algunos de estos colonos decidieran partir hacia el norte y hacia el sur. Choele Choel y Ushuaia fueron algunas de las ciudades en las que se instalaron galeses que se desprendieron del contingente. Cuenta la historia que un joven sastre empezó a caminar solo, buscando un lugar propicio para instalarse y acabó perdiéndose. Años después se halló un cuerpo con una tijera en el bolsillo y se dedujo que se trataba de él.

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