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En el piso alto

Escribe: Padre Víctor Roncati

El crujir de las maderas de olivos en los escalones era cada vez más intenso.

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El crujir de las maderas de olivos en los escalones era cada vez más intenso.

Macro Agro

Es que hacía mucho que no se utilizaba tanto como esos últimos diez días, fueron muy intensos, era un desfilar de gente; hasta llegamos a ser ciento veinte personas.
La escalera, de doce escalones gastados, conducía a un piso alto; allí había una sala bastante grande, era casi cuadrada y tenía cerca de cinco metros cada lado; la escalera terminaba en la puerta de entrada y hacia el frente había dos ventanales grandes.
En esos días éramos muy cuidadosos al entrar y salir; teníamos todo bien cerrado, ya que el miedo y el temor eran nuestros fieles compañeros.

Había algunas mujeres que se encargaban de hacer algo de limpieza y acomodar el puñado de sillas y bancos que se distribuían alrededor de la mesa. En ella siempre había algunas jarras de agua y unas cestas de panes con higos y uvas.
La sala estaba iluminada por unas velas puestas a los extremos de la mesa, siempre era María la encargada de prenderlas cuando se hacía de noche y muchos queríamos retirarnos para descansar. Pero en esos instantes de sosiego y cansancio ella, como si fuera la anfitriona del lugar, “encendía el fuego”.
La mesa era presidida por Pedro, que con su vozarrón, bien digno de pescador, nos recordaba lo que el Señor había dicho: “Permanezcan en Jerusalén”. (Este fue un pedido muy especial).
Y entonces los once que fueron los más cercanos del Señor y algunos más que lo seguíamos y una cuantas mujeres, nos poníamos a recordar lo que “Él” había dicho con sus palabras, con sus gestos, con sus “milagros”.

¿Qué significa para hoy “permanecer en Jerusalén”?
Es permanecer fieles a la Iglesia, a la Parroquia o capilla a la cual pertenecemos, es tener la mirada hacia adelante, es soñar que lo mejor es lo que está por venir, que aceptamos nuestra historia personal y familiar, pero que es posible ilusionarnos con nuevos y mejores ideales, que no nos conformamos con ser pescadores de peces, sino que nos a animamos y atrevemos a ser pescadores de hombres.
“Permanecer” no es una actitud pasiva frente a la vida y la realidad social, con cierto pesimismo y resignación; es estar con esperanza, con el desafío de buscar un cambio, de renovar la ilusión.
Amar esta iglesia particular que tengo, con estos curas, con esta gente, porque sólo a partir del amor voy a poder mejorar la situación.
Es aceptarnos como somos y tratando de poner lo mejor que tengo al servicio de la comunidad, en búsqueda del bien común.
“Permanecer “es… nunca bajar los brazos.
“Él” nos había dicho: “Permanezcan en Jerusalén y yo les enviare la fuerza que viene de lo alto; serán bautizados en el Espíritu Santo”.

¿Qué es esa fuerza que viene de lo alto?
Se acercaba la noche, la gente afuera de la sala festejaba y estaba muy contenta porque Jerusalén, desde el Templo, convocaba nuevamente a celebrar Pentecostés; el recordar y volver a vivenciar el Pacto, la Alianza que Yavé había hecho con su Pueblo, cuando a través de Moisés en el Monte Sinaí Dios había sentenciado: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré vuestro Dios”.
Todos los años para esta fecha, la gente de muchos lugares, partos, medos, elamitas, se congregaban para reafirmar la Alianza: “Yavé volvía a elegir al Pueblo…” y esto era causa de regocijo.
La ciudad en esos días vibraba al compás de la gente.
Decidimos no movernos de la sala esa noche, estábamos cansados, afuera había mucha gente, estábamos llenos de miedo, los ventanales grandes estaban bien cerrados, y la puerta con su tranca.
Para evitar escuchar los ruidos y gritos del exterior, hablábamos del Señor, y repetíamos en voz alta las palabras que nos acordábamos. Así fue pasando la noche, al clarear tomamos algunos alimentos y nuevamente nos sumergimos en el recuerdo y en la oración.
De repente comenzamos a sentir un viento, que cada vez se hacía más fuerte y más, era como una tormenta potente. Toda la sala se llenó de ese ruido; ni siquiera pude pensar por donde había entrado y después el Fuego, ¡eso si fue grande! Como una bola inmensa de fuego, que daba calor y mucho resplandor, iluminaba tanto que no la podía mirar con mis ojos. Ese fuego se fue repartiendo sobre las cabezas de cada uno de nosotros.
Era miedo, asombro, no sé; de pronto el fuego fue entrando en nosotros y fui sintiendo como todo mi ser se iba hinchando y llenando de él, hasta quedar totalmente lleno. ¡Y mi corazón quedo rendido a sus pies!
Y comenzamos a alabar y cantar al Espíritu Santo y al “Señor” y pronunciábamos algunas palabras y cada vez eran más, y se entremezclaban nuestras oraciones y se confundían y se hacían como un “eco” de balbuceos infinitos y hermosos, y era como una melodía que invadía el ambiente y un estado de plenitud y de gozo, y la oración vuelta en cantos salía por las ventanas y puerta, que estaban totalmente cerradas; y afuera se escuchaba esa alabanza potente, y la gente comenzó a reunirse debajo de la sala alta y estaban alborotados de lo que pasaba y como cada uno escuchaba las oraciones y su mensaje en sus dialectos y lenguas de origen y eran muchos los congregados y más, y más.
“Él” nos prometió: “recibirán la fuerza que viene de lo alto”.
La fuerza del Espíritu Santo que vendrá a habitar en nuestros corazones, hay que invocar al espíritu, dejarle lugar, pedirlo con insistencia y confianza.
Él viene, es el Espíritu del Resucitado; el Espíritu de la Vida, de la Verdad, de la Libertad; del recuerdo del Señor, del proyectarnos hacia el futuro, de unirnos, el espíritu que va suscitando al oído que “somos el nuevo pueblo de Dios”.
Hermano, toma tu escalera de doce escalones…¡anímate! Subí a la sala de arriba, está todo preparado para que el Espíritu Santo venga a tu vida, llene tu corazón.

Que Dios los bendiga.

Padre Víctor Roncati
Parroquia San Ignacio de Loyola. Junín

Haciendo Obras 1

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