El Padre Luis Timossi fue el encargado de la homilía en la misa exequial de Monseñor Agustín
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El Padre Luis Timossi fue el encargado de la homilía en la misa exequial de Monseñor Agustín

El Padre Luis Timossi actualmente es docente en el Centro de formación regional de Quito, Ecuador, y uno de los principales especialista en Don Bosco.

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Se llevó a cabo la misa exequial de Monseñor Agustín y el Padre Luis Timossi fue el encargado de la homilía.

El Padre Luis Timossi actualmente es docente en el Centro de formación regional de Quito, Ecuador, y uno de los principales especialista en Don Bosco.

Con Agustín compartieron el camino formativo desde el aspirantado, Seminario Menor, y ambos fueron enviados a estudiar Teología a Turín. A su regreso, compartieron el trabajo en las casas de formación de San Miguel en la Plata y el Oratorio Centenario Don Bosco en Avellaneda.

Cuando Agustín fue nombrado Provincial, el Padre Luis Timossi fue su Vicario y delegado de la pastoral juvenil.

“Nosotros hemos creído en el Amor”
Esta frase que Mons. Agustín Radrizzani asumió como lema en su ordenación episcopal, ha sido la experiencia más profunda de su vida y
quizás el rasgo más saliente de su testimonio de creyente. Desde niño, en su pequeña familia (papá Gaspar, mamá Marina Haydee y
su hermana Rosita) respiró el aire de la fe cristina, a la sombra de la casa salesiana de Bernal, su pueblo natal.

Su padre, alto y espigado -nos contaba Agustín- al regresar todos los días de su recorrido de trabajo comercializando fideos para una empresa, y luego de la merienda, se dedicaba a leer a San Agustín, de quien poseía la colección completa de sus obras. Entonces, con Rosita, teníamos que hacer absoluto silencio para no perturbar la meditación de papá.

Esta devoción de su papá, explica su nombre; pero sobre todo señala un rasgo de su personalidad: Agustín, como su santo patrono, fue siempre un
buscador de Dios. Cuentan sus compañeros de colegio y del seminario menor salesiano, en donde ingresó para seguir su vocación, que Agustín era poco práctico, y poco amante de la recreación deportiva. En aquella época en la que era obligatorio estar en el tiempo de juego, especialmente en el famoso “recreo de la una” (13 horas), él se colocaba en un rincón de la cancha con algún compañero afín, con quien coloquiaba serenamente. Nunca supo qué era un “tiro libre” o un “corner”.

Los libros, especialmente las vidas de santos y los de meditación, eran su entretenimiento. Don Bosco, el fundador de la Familia Salesiana, lo atraía profundamente, lo había aprendido a querer y a imitar, aunque sentía que la manera de presentarlo en aquella época, no satisfacía sus ansias de vida espiritual.

Realizando ya sus estudios de teología en Turín (Italia), en preparación al sacerdocio, descubrió con otros compañeros, algo que hoy parece quizás obvio, pero que, en aquella época inmediatamente posconciliar de los años 60, no era tan evidente: que Dios es amor, que Dios nos ama. Esta experiencia fue como una chispa que revolucionó su existencia.

Nos cuenta un compañero de esa época: “Comenzamos con Agustín, a vivir todo desde y en el amor de Dios. Descubrimos que sólo importa amar,
porque el que vive en el amor, vive en Dios. Comprendimos juntos, con maravillada alegría, que eso que intentábamos vivir constituía el corazón y el alma de nuestro padre don Bosco. Ahí entonces nos “hicimos salesianos”, desde la perspectiva de que nuestra vocación en la Iglesia, no es otra cosa que ser signos y portadores de ese amor de Dios, que experimentábamos vivo y presente en medio nuestro. Nos ayudábamos a vivir en el amor y a recomenzar cada vez que nos descubríamos fuera de él.

Su lema episcopal no parte por tanto de una idea o una reflexión, sino de una experiencia que le penetró en los huesos, como nos decía hace poco el profeta Jeremías: era “como un fuego ardiente metido en mis huesos”. Muchos años de la vida de Agustín Radrizzani como salesiano, estuvieron dedicados a la formación de las nuevas generaciones. Todos los jóvenes que han transcurrido su período formativo junto a él, testimonian hoy que junto a Agustín se han sentido amados, escuchados, comprendidos e iluminados por su propio modo de amar, que se fue haciendo cada vez más paterno, sabio y alegre.

Agustín fue un maestro del acompañamiento. Muchas de sus hijos/as espirituales, testimonian hoy, que Agustín los marcó con esos rasgos que él vivía y enseñaba. “Con él aprendimos a amar”.

Aunque a algunos le parecerá quizás sorprendente, a Agustín le costó ser superior salesiano, y luego ser nombrado Obispo. Él consideraba que eso no era lo suyo, lo sufría. Gozó en cambio la época de maestro de los jóvenes novicios.

Siendo superior de los Salesianos y luego Pastor de tres diócesis amadas por él, su trabajo de animación y gobierno lo hizo consistir sobre todo, en vivir lo que él era: amó, escuchó, se hizo cercano, especialmente de los pequeños, los más pobres y los más sufridos, que encontraron en él un padre comprensivo y abierto.

Muchos testimonios se podrán recoger en este sentido sobre su vida, como el que narró en una homilía y que dejamos como un icono de su modo de
amar. Llagando nuevo a una diócesis y caminando la ciudad, vio un negocio de antigüedades, bastante venido a menos por cierto. Y como entre las
cosas arrinconadas y enmohecidas de la sacristía había visto unos candelabros viejos, pensó en llevárselos al dueño de dicho negocio. Allí fue
con su paquetito y le dijo al señor que esto quizás le podrá ser más útil a él para sacar unos pesitos. El hombre lo miró extrañado y le dijo: pero yo a usted lo reconozco, ¿usted no es el Obispo nuevo cuya foto está en todos los afiches por su toma de posesión de la diócesis? Sí, le respondió Agustín. El hombre quedó maravillado.

Al día siguiente Monseñor Agustín estaba en su despacho y le anuncian que un señor quería hablar con él. Hágalo pasar respondió. Era el del negocio de antigüedades. Lo hizo sentar y el señor muy emocionado comenzó a decirle. Yo estaba muy decepcionado con mi vida, el negocio no andaba para nada, y estaba en un momento depresivo en el que pensaba que era mejor quitarme la vida. Y llegó usted con el paquetito de candelabros viejos… Yo soy judío y usted obispo católico y vino personalmente a traerme ese obsequio… He venido a agradecerle, porque su visita me abrió los ojos y veo que la vida tiene sentido y vale la pena vivirla cuando hay personas como usted.

Mons. Agustín Radrizzani nos deja pues este legado: creamos juntos que Dios nos ama, y hagamos del amor nuestro modo de vivir, para que nuestro
mundo se reconstruya sobre la base del sueño-mandamiento de Jesús: Padre, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea.

Lee también: Misa por Mons. Radrizzani: Último adiós a un pastor sensible

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