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El oficio de zapatero, en pocas manos

LA VERDAD compartió una jornada de trabajo con Omar Raúl Carrano, uno de los pocos zapateros que aún persisten en nuestra ciudad. Contó su historia de vida y afirmó que “la profesión se extingue cada vez más”.

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Arte en extinción
El oficio de zapatero, en pocas manos
LA VERDAD compartió una jornada de trabajo con Omar Raúl Carrano, uno de los pocos zapateros que aún persisten en nuestra ciudad. Contó su historia de vida y afirmó que “la profesión se extingue cada vez más”. (BAJADA)

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El olor es una característica del lugar. El ruido de las máquinas, sobre todo la de coser, es la que predomina en cada jornada de trabajo. Por un momento se detienen y Omar Raúl Carrano, dueño del local, le hace lugar a LA VERDAD para compartir su actividad.

De oficio zapatero, tiene su local en Rivadavia al 1000 y cuando se ingresa, es inevitable el olor a pegamento y todo lo que caracteriza a un taller de calzado.
Carrano es uno de los pocos zapateros que aún persisten y si bien no nació en Junín, hace casi 30 años que se encuentra instalado en nuestra ciudad, junto a su mujer Mirta. Su familia se compone también sus hijos Diego y Julián y sus tres nietos: Jeremías, Silvio y Genaro.

Desde su infancia, vivió en San Eduardo, un pueblito a 20km. de Venado Tuerto y rápidamente le tocó trabajar.
“A los 12 años empecé a viajar a un taller de calzado para aprender el oficio. Me pagaban e iba en un colectivo de una empresa local. El dueño era Juan Serra y para no pagar el pasaje, me iba a la mañana y volvía al mediodía. Luego me iba al mediodía y regresaba a la noche. Y en agradecimiento a él, lavaba el colectivo. A los 15 años, en el año 74, entré a trabajar en una cerealera como cadete. Y también hacía de mozo a la noche, el fin de semana. Me pagaban la comida por el trabajo, ya que no vivía en mi casa”.

Como toda vida tiene cambios, y Carrano le tocó afrontar nuevos desafíos y tras varios años llegó a Junín. “En el año 80 me casé y agarré de nuevo los zapatos y en el año 89 me vine a vivir a Junín ya que acá estaban mis cuñados. Me gustaba la ciudad aunque sólo venía a pasear.
Me dio una mano mi tío, en el año 92 para poner mi primer negocio. Me prestó un dinero para comprar los materiales y las herramientas.

Luego empecé a trabajar con un amigo, Luis Molina. Trabajé con él y me delegó toda la parte de lo que es calzado. Él se dedicó a la zapatilla porque en ese momento estaba el furor del padlel. Primero estuve en Primera Junta e Irlanda y luego estuve en varios lugares pero siempre en calle Rivadavia. La mitad de mi vida trabajé de este oficio”.

El oficio

En relación al trabajo diario del zapatero, Carrano contó que “es lindo. Tengo una virtud con las manos. No es por nada y le agradezco a Dios. Lo que me traigan, trato de arreglarlo. Cambio los borcegos de la policía. También muchas casas de deportes me traen trabajos. También de los pueblos de alrededor. Son muy detallista. Vivo de esto. Vengo a las 6 de la mañana y ya estoy acá. Vengo temprano y si bien salgo a media mañana, y si tengo un trabajo para mañana, lo tengo que hacer para cumplir con el cliente. Tengo un laburito porque el lunes se van al mediodía. Me trajo húmedo y ya lo estoy pensando en secar para llegar bien a cumplir. Si a la gente no le cumplís, se te va. De los que trabajamos, inclusive, somos cinco o seis. A pesar de ello tendría que haber mucho más trabajo. En otros tiempos, se ganaba bastantes más desde lo económico. La bota que vos comprás son pocos los que las cosen. Ahora va toda pegada y clavada”.

Coser a mano

En relación a cómo evolucionó la profesión, Carrano declaró que gran parte de su trabajo fue cosiendo a mano aunque en los últimos tiempos encontró, en la máquina de coser, un aliado importante.
“Tengo la máquina de coser pero casi siempre lo había hecho a mano. Nunca había agarrado la máquina hasta que la compré. Luego tengo una máquina pulidora que te hace las terminaciones, la horma del zapato que es para estirar, y las herramientas.
Ojalá que nunca se pierdan los oficios y quienes lo hagan, deben hacerlo a conciencia, y sobre todo cumplirle a la gente”.

Tiempos de cambios

Hoy la demanda se concentra sobre todo en cambios de taco o suela, pero la mayoría de los zapatos son fabricados con suela sintética. “El calzado viene hoy de mucho material plástico, por más que pagues un buen precio. La calidad era mucho mejor la de antes. Hoy a un calzado, no lo usás un año y se degrada. Son materiales distintos. Un zapato de suela o cuero capaz tiene 20 años”, afirmó el zapatero.

En cuanto a los clientes que día a día lo visitan, declaró que “tengo gente de todas las edades, inclusive que me recomiendan de uno a otro. Las familias se van renovando y siempre vienen. Es como todo oficio; si vos cumplís, van a volver. En invierno se trabaja más, con el comienzo de las clases, la gente empieza a usar zapatos y botas. Siempre trabajo hay, en el verano baja porque se anda de alpargatas y ojotas. Diciembre, enero y febrero afloja un poco”.

Profesión en extinción

En el tramo final, Carrano, dijo que “la profesión se extingue cada vez más” aunque contó que le enseñó a un compañero, Jorge Torres, a coser por lo que se siente reconfortado. “Hice algunos trabajos y solucioné algún problema ortopédico. Había gente que no podían caminar o algún problema en los pies, les he solucionado el problema, No me dedico a eso, pero alguna vez lo hice. Y también le enseñé a coser a Jorge Torres. Quedó inválido de joven y le vendí una máquina vieja. Llegó un momento que tuvo que aprender y una vez que agarró viaje, ya lo hizo por su cuenta”.

“Media suela en un calabozo”

“La primera media suela la hice en un calabozo en mi pueblo. Con el hijo del comisario que la abuela había sido zapatero. El papá de este chico había venido como comisario, y nos dio un lugar en el calabozo para poder trabajar. Todas esas cosas de valoran”.

Haciendo Obras 2

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