“El miedo y el deseo” - La Verdad Online de Junín, Buenos Aires, Argentina
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“El miedo y el deseo”

Cuento del libro «Una tiza y un campo de juego», del autor Carlos Bianco.

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‘’El guerrero de la luz contempla las dos columnas que están al lado de la puerta que quiere abrir. Una se llama Miedo, la otra se llama Deseo. El guerrero contempla la columna del Miedo, y allí está escrito ‘’vas a entrar en un mundo desconocido y peligroso, donde todo lo que aprendiste hasta ahora no servirá de nada. ’’ El guerrero mira la columna del Deseo y allí está escrito <<vas a salir de un mundo conocido, donde quedan guardadas las cosas que siempre quisiste, y por las cuales luchaste tanto>>.

Con la seguridad de quien sabe lo que quiere, él abre la puerta. ’’

 

Fragmento de ‘’Manual del guerrero de la luz’’.

Paulo Coelho-

 

Si bien le habían dicho muchas veces que estaba destinado a cosas más importantes que ese humilde club, no había querido ilusionarse demasiado. Se contentaba con pasar las tardes en ese rectángulo desparejo con sus amigos de siempre, compitiendo con los rivales de costumbre. Era feliz con ese poco de alegría que le significaba entrenar a diario para jugar cada fin de semana en dos divisiones.

Hacía ya varios años que era huérfano de padre, y su mamá estaba más que atareada con sus hermanos menores. Por suerte su padre había sabido anticiparse a la enfermedad y le había heredado un austero seguro de vida que complementaban con la pensión, y su propia beca que le entregaba el municipio, por sus altas calificaciones.

Las tres patas de esa mesa de ingresos bastaban para que vivieran decentemente él, su madre y sus tres hermanas menores. Pequeños benjamines que lo torturaban con sus juegos y sus gritos, ajenos a todo problema todavía.

Por su parte, se esforzaba por no causarle a su mamá preocupación alguna. Era ordenado, callado y un excelente estudiante. No porque fuera particularmente inteligente, pero si muy aplicado y constante.

Este esfuerzo era reconocido por ella quien no se atrevía siquiera a sugerirle que abandonase la práctica de ese deporte, que no entendía pero que él amaba.

Nunca supo como hacía su hijo para tener los elementos necesarios, pero lo cierto es que siempre, tenía buenas zapatillas de fútbol y las canilleras necesarias.

A veces temía que anduviera en algunos malos pasos, pero cada vez que una incipiente duda la atormentaba al respecto, alguien del club se encargaba de tranquilizarla. O bien algún miembro de comisión o del cuerpo técnico; cuando no el padre de un compañero, le hablaban de las bondades, virtudes y del comportamiento de ese hijo del que quería sentirse orgullosa.

Igual, rara vez iba a verlo jugar. Un poco porque siempre estaba ocupada y otro porque no le interesaba ese tosco juego de golpes y empujones. No se podía sospechar que esa mujer fuera feliz, pero se guardaba cierta conformidad sabia acerca de su presente. Una satisfecha resignación. A la fecha sus mayores preocupaciones eran mantener la ropa de todos los niños limpia y ordenada; y la comida caliente y bien servida.

Por eso esa tarde sufrió.

Había llegado al club cuando todavía asistía al jardín de infantes. Parecía una vida ya. Año a año había pasado de división siendo parte siempre de un plantel ganador. Campeones en el torneo apertura de décima división, sub-campeón en el clausura; campeón en aquel nocturno, dos veces sub-campeones en novena, semifinalistas y campeones en octava. Y en cada foto, él.

Por eso no le extrañó cuando su técnico lo eligió junto a dos de sus compañeros para que asistiera a una prueba de jugadores que un club de la capital hacia en una ciudad vecina. Como tampoco lo sorprendió que él mismo se ofreciera a llevarlos. Ni siquiera que el presidente del club se apareciera por el entrenamiento con un par de botines de una marca con que solo podía soñar.

Durante el viaje notaba que sus compañeros se veían nerviosos o excesivamente inquietos según su parecer. Para él, solo era una linda experiencia, pero no guardaba esperanza alguna de ser elegido. Al fin  al cabo era un esforzado volante con más voluntad que técnica, que apoyaba su deseo de ser titular en asistir a todos los entrenamientos y en correr del primer al último minuto de cada partido que le tocara jugar. Sin ir más lejos, esos dos compañeros con los que viajaba, eran mucho más hábiles que él. De modo que se despreocupó y decidió disfrutar de aquel día.

Cuando le tocó su turno, le preguntaron en qué posición prefería jugar y, humilde, respondió que era volante por derecha, aunque un par de veces había tenido que hacerlo de lateral.

Quien lo entrevistaba puso un cuatro grande en el extremo superior de su planilla y no tuvo ni coraje ni ganas de decirle que un ocho sería más acertado. Se encogió de hombros y se sentó a esperar.

En una cancha auxiliar… vio jugar a sus amigos. De diez y de once como casi siempre. Y lo hicieron bien, creía. Tocaron, se desmarcaron, triangularon y sin tener en cuenta algún error que bien podía atribuirse a los nervios del momento, habían hecho un buen partido.

Al finalizar el mismo, le acercaron una pechera verde con la única recomendación:

  • Apúrate pibe, vas de cuatro.

Se puso de pie luego de ajustarse los botines y se dispuso a jugar ese mágico partido, punto de inflexión total y definitivo en su vida.

 

El joven que volvía esa tarde de la ciudad vecina no era el mismo del viaje de ida. Sus compañeros conversaban comentando sus actuaciones y lamentando tener que esperar a otra oportunidad. Su técnico lo observaba de tanto en tanto, cuando el tránsito de la ruta se lo permitía, mientras se preguntaba… a quien pondría de ocho en el próximo partido.

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