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Daniel González y el asombroso mundo blanco

Alcanzó la cimas de los picos más altos –techos- de América, el Aconcagua; de Europa, el Elbrus y de África, el Kilimanjaro, en la cadena del Himalaya, cerca del Everest en Nepal, el Island Peak, de seis mil doscientos metros de altura

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¡…Hay que plantar bandera en la cumbre…!!! Suele ser la consigna imaginaria y vehemente de todos aquellos que se proponen conquistar la montaña. Tomada la frase con plena liviandad parecería asemejarse por su simpleza a un slogan.
Pero una reflexión pausada sobre el verdadero contenido de esa figura retórica, seguramente atraería hasta la desidia del más indiferente. Y no es para menos. La sola curiosidad que provoca ingresar a ese escalofriante mundo blanco, termina por transformarse en algo atrapante.
Bastaría señalar que su ascendente derrotero siempre estará construido por la sorpresa de lo inesperado. La idea al observar lo que nos depara ese sinuoso como espeluznante universo, es como ir descubriendo tramos de un sendero rebosado de imprevistos, que concluyen por agitar sensiblemente el espinel emocional de ese extraño huésped de las elevadas cimas.
Lo más llamativo de ese ámbito es que conjuga la temeridad con la intimidad de los riesgos y la inocultable excitación de las fibras sensitivas y motoras, en la medida que sucede el desplazamiento humano ante las exigencias cada vez más sensibles de la fatiga física, frente a una imposición topográfica marcadamente escarpada, que solo la suaviza el rebosar de la espectacularidad, ante las imponentes bellezas del paisaje, que siempre circunda la tremenda e impresionante trepada.
Y esos álgidos momentos terminan por convertirse en el bálsamo ideal para desalojar del espíritu todo rezago de fobias. A veces los absorbe un raro pensamiento, que bien puede superar toda física mental. ¿No será que en esa porción de la geografía universal, se ha instalado la parte inteligente de la naturaleza?
Y vayan las respuestas. ¡Allí no se lidia con las diversidades personales! Porque se impone lo que nunca debe estar ausente en la vida de relación: la mesurada sabiduría que da la experiencia.

La propia relevancia humana

Es decir en esas enormes alturas el ser humano alcanza su propia relevancia al no poder esquivar el uso adecuado de la propia naturaleza. Es un claro balanceo entre lo virtual y lo real. Tal vez el tiempo no alcance para apreciar los indefinidos encantos de esos coloridos paisajes de muy difícil retención en la memoria, por estar munidos de tantos pormenorizados aspectos de inconfundibles bellezas.
Y la atmósfera turbadora del amanecer cuando los picos nevados se recortan en el horizonte en caprichosa línea quebrada, van formando el diseño de una geometría tremendamente irregular, como de una magnetizada atracción.
Allí el vehículo que transporta las mentes son las piernas. El andinista camina por una ruta silenciosa y misteriosa lejos de las manifestaciones deportivas que conmocionan multitudes. Aquí la vibración saliente está anidada en la sensación de sentirse parte de un todo, que no es otro que aquello de armonizar tanto esfuerzo físico con el desafío que genera ese gigante macizo que parece dormido en la lejanía del horizonte.

La belleza en su excelsitud

Pero es un desafiante tremendamente imperturbable, que a cada paso abre la extraña posibilidad de ejercer el deleite de sus colores y las formas más diversas, que aún ni las mismas computadoras todavía han podido reproducir con tanta precisión y belleza.
Es el dantesco mundo blanco en toda su proyección. El mismo que concitaría la inspiración de las odas del estadounidense Gary Snyder, que hablan de la exquisita contemplación de la montaña. La misma que todavía no se ha precipitado a la devoradora escala de la tecnología, que vendría a suplir el agotador esfuerzo físico que exige la altura. Lejos aún de la industrialización y de la digitalización, queda en pie su autenticidad.
Seguramente los ojos de Daniel –más de una vez- han registrado en sus retinas esas maravillas de las cadenas interminables de cerros y cimas cubiertos por la nieve, cuyo deslumbramiento radica en esa imperceptible línea que existe entre la ficción y la realidad.

La contrafigura: la fenomenal meteorología

Más la naturaleza no puede permanecer pasiva ante tanta magnificencia. Su impactante paisaje cordillerano también nos proporciona su contracara. Es el duro rostro de lo inhóspito. Diríamos sin exagerar la cara más dramática que nos da la naturaleza.
Recogimos en nuestra charla una frase de Daniel, que dimensiona la espectacularidad de la montaña: “Los días apacibles en la montaña tienen encantos indefinibles”, una metáfora coherente cuando se superponen la esencia de lo bello con lo agradable del clima. Pero la naturaleza también suele dar con mayor asiduidad en esos parajes desamparados, riendas sueltas a su horrenda furia.
Vientos endemoniados que engendran zozobras, nevadas copiosas que no cesan, el frío que cala hasta los huesos, en un medio de total desprotección, teniendo todo como único sonido de fondo el feroz silbar del vendaval.
Allí el temple, la serenidad, la experiencia y el ingenio hacen gala de su enorme envergadura para atemperar lo descontrolado. Sin ese bagaje de capacidad mental el peregrinaje a esos encumbrados objetivos serían imposibles de lograr. La naturaleza siempre catapulta al hombre a sus límites. La montaña es su mejor examinador, aunque todo lo suaviza un deseo inclaudicable.
Enmarcado en ese cielo más azul que nunca, matizado con nubes que cerca del deportista se desplazan con inusitada velocidad, hasta convertirse imprevistamente en salvajes ráfagas que ponen en jaque la estabilidad del más prevenido, donde el sol con su luminosidad pareciera concederle alegría y estímulo a la intuición, por ese mundo transita y elabora sus éxitos deportivos más exigentes Daniel González.

“Levántate y anda”: el amanecer de una pasión

Metafóricamente nos recuerda la rima bequeriana, pero tal vez es la que más se adapta al ingreso de Daniel al mundo blanco. Dejemos paso a él: “…Hacia el año 1999 estaba sentado mirando televisión. En la búsqueda de una película me sorprendo viendo la acción del hielo modelando las montañas, mientras los glaciares formaban circos, entre las cimas, con islas marrones…”, pero enseguida agrega: “lo más curioso y lo que más me conmovió es que a esa vista panorámica tan impactante se podía llegar caminando, evitando el inmenso riesgo de hacerlo por la paredes verticales de las laderas, con engorrosos arneses…”.
Ese sería el amanecer de una pasión, que no se abandonaría hasta hoy. Y esa transfiguración de Daniel ante esa tierra inquieta de las altas cumbres, la observaría tiempo después Aldo González –aquel recordado goleador del Sarmiento del 80-, cuando acompañaría a Daniel a suelo mendocino. “Su cara cuando vio las montañas cambiaría notoriamente de semblante…”.
Idéntico comentario haría Rubén Toscanini cuando compartían un film de montaña, donde ahora su protagonista principal era el propio Daniel.
Los seductores cinturones de esas masas terrestres terminarían por aprisionar a Daniel, que rápidamente iría a inspeccionar en persona los accesos al Aconcagua. El corolario a su regreso tenía ya una meta fijada: “…La cima está en los siete mil metros, si llego a los cinco mil me considero satisfecho…”. Tiempo después el ascenso a esa altura sería una palpable realidad.
“No resultaría tan simple. Las vistas son incomparables, pero la falta de oxígeno es un verdadero drama. Y a ello se agregan las piedras sedimentarias consecuencia de la erosión, desparramadas en el sendero que se atraviesa…”.

“El agua modela, el viento completa la obra”

Enseguida proseguiría con su estrenado aprendizaje: “Apenas comienza a elevarse una cordillera se observan enseguida la secuela del movimiento erosivo que producen el agua, el viento y el hielo. Esos agentes erosivos a menudo actúan simultáneamente. Depende los lugares del planeta, pero hay partes donde se levantan torres espectaculares de arenisca, que han sido esculpidas por el agua y recortadas por el viento. Y la cordillera también tiene edades, son jóvenes aquellas que tienen menos de veinticinco millones de años y, por lo general, son altas y escarpadas; mientras que las antiguas desgastadas por la erosión de miles o millones de años, se ven más bajas y redondeadas”.
La charla con Daniel González traduce lo que es como persona y más que nada desde la óptica del deportista, que nos interesa. Respetuoso, amable, humilde, detallista, conocedor de ese sorprendente mundo que nos lleva sin pensarlo a la erosión eólica y acuática.
Y hoy ese riguroso entrenamiento casi diario, ciclismo, caminatas, resistencia física, deportes lacustres, aerobismo exigente, alimentación metódica, bajo cualquier clima lo pintan como un deportista cabal. Es al fin la credencial que le ha dado prestigio hasta elevarlo a una de las figuras más representativas del deporte de Junín en el concierto internacional, dándonos la posibilidad de conocer algo que merece una aguda atención.
Daniel con un sentido didáctico insiste en las esculturas cinceladas por el viento. “Son realmente insólitas. A veces las encontrás en superficies desnudas y pulidas en rocas escarpadas de regiones desérticas, sobre la que el viento de siglos a gran velocidad arroja sobre ellas continuamente granos de arena…”.
Nuestra pregunta es si evitar la trepada vertical daría más posibilidades de hacer cumbres, la respuesta no se hizo esperar: “No. Te voy a explicar porque. La huella muchas veces serpentea simas peligrosas. El trabajo del viento, como los torrentes y las aguas de las lluvias, que son frecuentes en algunas partes terminan por abrir cañones en la montaña, que requieren una alta precaución. Como así el riesgo de deslizamientos cuando el hielo ha borrado el camino que es continuamente en ascenso…”.
“En ese itinerario hay que tropezar con una acumulación de hielo que forman los glaciares. Y allí el avance se hace altamente dificultoso y exigente por los mantos de hielo y los casquetes glaciares, son los que la orografía llama heleros, que pueden crecer hasta formar cúpulas, que cubren partes de la superficie de tierra. A veces llegan hasta cubrir valles y colinas. Los glaciares son heleros pequeños y estrechos, que terminan por deslizarse por las laderas de la montaña. Nada es fácil…”.

“No todo es igual…”

Le preguntamos a Daniel si entre las aventuras cumbres que él hizo, encontró similitudes entre ellas, la respuesta fue negativa. Y a continuación elegiría los techos más significativos de América, África, Europa y Asia, donde el haría cumbre.
El ascenso al Aconcagua –el techo de América, 6.960 metros de altura- se produciría en febrero del 2002. Sobre él nos diría: “Es una enorme mole granítica, cubierta por glaciares, con zonas desérticas. La cota es las más elevada de América. El cerro Kilimanjaro está en el parque nacional que lleva su nombre, en el noreste de Tanzania –África-, que comprende toda la zona del monte, alzándose por encima de una vegetación arbórea. Los árboles llegan hasta una altura del cerro de los 2.800 metros, seguido por áreas de páramos hasta los 4.000 metros, después todo se torna desértico y de nieves perpetuas…”.
Y continuaría “…El Elbrus o Minghi Tau –techo de Europa- es la elevación sobresaliente de la cordillera del Cáucaso en Rusia con 5.642 metros; un volcán apagado, constituyendo un volcán apagado, cubierto de nieves perpetuas, cuyos glaciares hacen un total de 120 kilómetros cuadrados. Me resta el cerro de Island Peak, en Nepal, que integra una de las cadenas del Himalaya, cuya altura orilla en 6.189 metros, cubierta de nieve. Los equipajes y víveres son transportados por animales y personas –porteadores- porque el sendero no permite el uso de rodados. Como se ve hay más contrastes que similitudes…”.

Un rico historial

Daniel González reúne un rico historial deportivo. A las cumbres ya mencionadas que hablan de méritos y logros, se observan muchos ascensos en el exterior como en el país.
Las más significativas cumbres entre otras en el exterior son el Cerro Kilimanjaro, Tanzania, África; Cerro Elbrus, Rusia, Europa; Cerro Island Peak, montañas del Himalaya, el campamento estaría en la Base del Everest, Nepal; Cerro Illiniza Norte y Pasochoa, en Ecuador; Cerro Austria y Wayna Potosí, más de seis mil metros, en Bolivia; Villarrica, Pucón Chile; Gokyo Peak, Kala Pattar, en Himalaya Nepal, alturas que llegan a más de cinco mil metros; Cerro Dome du Gouter, en Francia, realizada en junio último, cuya altura es de 4.380 metros.
Además en el circuito argentino haría cumbre como ya dijimos en el Aconcagua, además en el Cerro El Plata, alcanzando una altura de 6.100 metros, Cerro Tambillo, con 6000 metros, Sarnoso, Minero, El Burro, Montura, El Bonete, Vallecitos, Plaza Francia, Aconcagua –objetivo cumplido-, Tambillo, Plaza Mulas, Lomas Amarilla, Penitente -en dos oportunidades-, Piedras Blancas, restos del avión uruguayo, Adolfo Calle, Banderita Norte, todos ellos en la Provincia de Mendoza.
El Cerro Uritorco, el Champaquí, en tres oportunidades, en Provincia de Córdoba; Lanín y Domuyo a 4.700 metros, Provincia de Neuquén; Hielos continentales en Santa Cruz, travesía completa a 2.700 metros de altura, etc.
En esa copiosa agenda de éxitos, también cabe decir también hay ascensos frustrados, por las inclementes condiciones del clima.

La lección más importante

¿Qué lección aprendí en mis aventuras en las montañas? Y tras esbozar una leve sonrisa, pero seguro de lo que decía nos diría: “La mejor cumbre es cuando regreso a mi casa. Las montañas siempre estarán inmóviles donde la geografía las puso, pero también la fisiología sabe vitalmente hasta donde están nuestros límites, te hace recapacitar para no correr graves riesgos innecesarios”.
“Y hablando de riesgo puedo decirles que un accidente o una descompostura a esas alturas es imposible que te puedan bajar si no podes caminar. El “mal de altura” está siempre latente y son letales los edemas pulmonares o cerebrales. Por eso siempre es imprescindible contar con un guía profesional”.
“Además el experto detecta con claridad la existencia de grietas en la nieve, cuando esta cubre todo de imprevisto y la amenaza de aludes en las laderas muy nevadas se tornan inminentes…”
Con pocas palabras sintetizaría su periplo deportivo: “…Como dato final puedo aportar que en cada continente del mundo existen siete montañas más altas. A ese circuito se lo conoce en el ambiente del montañismo como el “Seven Sumit” – las siete cumbres-. Tres de ellas las pude lograr. Al Everest llegué a la base y las otras tres quedarán, tal vez, para mi otra vida…”.
Así terminaría la charla con Daniel González. Más que un reportaje tendría la impronta de una conversación pedagógica, donde la geografía con sus lugares más extravagantes se asocia a una geología caprichosa y cargadas de misterios, que aún encierra mucho por descubrir.

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