El desarrollo es un derecho humano
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El desarrollo es un derecho humano

Por: Gustavo Rosas

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Lo escuché muchas veces a Rogelio Frigerio abuelo explicar que el liberalismo y el populismo, alternativamente, funcionaban como falsas opciones que impedían el desarrollo del país. Él decía que el buen camino era -y es- un Estado que se dedique a realizar obras de infraestructura, alentando el trabajo, la producción, la educación, la salud y seguridad pública, fijando prioridades, sin meterse en lo que no le incumbe ni desaparecer como en la década de los 90, porque en ambos casos paga el pato el sector productivo, finaliza el auge de corto plazo y se reinstala la pobreza y la desesperanza. ¿Era tan difícil entender al Tapir?

Hoy, cuando la crisis se abate sobre todos nosotros como quizás nunca en los últimos cien años, se nos pide que actualicemos la doctrina desarrollista. Ciclópea tarea que exige una extensión y profundidad de conocimientos en tantas ramas que excede, en distancias medibles en años luz, nuestras modestas posibilidades.

Sin embargo, yo creo que hay algo por donde sí se podría empezar y es por aclarar que el desarrollismo es una doctrina humanista, que tiene al hombre en el centro de la mira y quiere que ese hombre consiga desplegar sus potencialidades vitales y espirituales más ricas y trascendentes. Queremos que nuestro hombre nazca en un ambiente saludable y que se cuide esmeradamente su propia salud física y mental, desde que nace hasta que muera. Queremos que se instruya en nuestra lengua, que es la que permite entendernos en un idioma común y que se eduque en las artes y las ciencias, porque ningún aspecto del saber es de menor valía y todo el conocimiento es útil para mejorar la condición humana, sobre todo para enfrentar el desafío del avance tecnológico que derrumba viejos modelos productivos y amplias franjas de trabajo tradicional que desaparecieron o van a desaparecer en los próximos años.

Estos objetivos se logran en un país en donde funcionan sus instituciones. Donde los representantes del pueblo se distingan por su compromiso en mejorar las condiciones de vida de nuestra nación, cuidando y protegiendo nuestros recursos naturales, porque no tenemos destino – ¡definitivamente no lo tendremos! – si el desarrollo de nuestros recursos económicos, al que aspiramos, no es sustentable en el tiempo, asegurando la prosperidad actual, sin cavar la fosa de las próximas generaciones, a las que no tenemos derecho a perjudicar.

Simultáneamente ello exige confirmar nuestro compromiso con la defensa de un estado democrático, en donde gobiernen las mayorías y se respeten las minorías; donde el poder ejecutivo delinee y ejecute sus políticas garantizando el funcionamiento independiente del congreso y la majestad de la justicia, como órganos equilibrados, recíprocamente controlados y controlantes del Estado nacional. Donde las provincias repitan este diseño y ostenten el estatus de miembros de un auténtico Estado Federal, que fomente su desenvolvimiento equilibrado y autónomo.

La democracia supone una serie de valores compartidos que pertenecen al patrimonio común de la población y requieren una cultura de la tolerancia. Sin embargo, a fin de que tales valores adquieran su verdadero significado deben verse reflejados en las relaciones que vinculan a todos los individuos, no sólo desde las instituciones políticas, sino también de las sociales y económicas y demás miembros de la sociedad civil.

Cuando hablamos de desarrollo, lo hacemos pensando en mejorar las condiciones de vida de nuestros compatriotas, en ampliar y mejorar la distribución de la riqueza, o sea buscando la prosperidad personal, en contraposición al «pobrismo» exaltado desde algún plano religioso como un modelo de salvación eterna, temática que está fuera de nuestras intenciones abordar. En la Argentina que debemos construir no puede haber excluidos, ni tampoco se puede aceptar una pobreza que no sea una expresión marginal e interina que convoque la inmediata acción estatal para restituir el trabajo digno y la ayuda económica que fuere necesaria.

El desarrollo y la democracia contribuyen a la común prosperidad del pueblo y al florecimiento de una sociedad donde la armonía social, el imperio de la ley y el respeto de los derechos humanos son ideales realizables.

Por eso afirmamos que el derecho al desarrollo es un derecho humano. Debería incluir todos los aspectos de la vida humana. La desigualdad, la pobreza, la corrupción estatal, la exclusión, el fanatismo religioso, el racismo, la xenofobia, la intolerancia y la falta de diálogo son impedimentos para el desarrollo que deberán ser superados si queremos trabajar para el establecimiento de una auténtica cultura democrática. En ese ámbito las libertades de opinión y expresión no son derechos que deban ser entendidos como una concesión, sino que deben ejercerse en plenitud y libertad.

Quisiera concluir con este pensamiento que hace tiempo cultivo: «El desarrollismo es una evocación que da prestigio». En esta hora, nuestra obligación con la Nación Argentina es dar existencia actual a ese recuerdo.
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