El calvario de una juninense - La Verdad Online de Junín, Buenos Aires, Argentina
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El calvario de una juninense

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Es una casa de barrio que fue construida a principio de la década del 70, de las típicas. De las que se hacían gracias a los sindicatos que obtenían los lotes, luego las construían y se las daban a los afiliados para que las paguen en cuotas. Así se construyeron muchos de los barrios juninenses.

Si hoy pasás por la casa de Susana (es un nombre ficticio, pues prefiere guardar identidad), sus ventanas están totalmente cerradas, la vereda esta sin barrer y solo se nota el movimiento nervioso del perrito que quedó en el patio y cada tanto solo asoma el hocico por debajo de la reja del garaje.

De noche la luz del frente se enciende, uno podrías pensar que es por efecto de una celda fotoeléctrica, pero no, la enciende Susana para sentirse más tranquila.

Susana es una señora de 70 años que estuvo ahorrando durante dos años para realizar el soñado viaje a España a visitar familiares y nietos, de echo hace poco le nació un bisnieto. Ella es una de las 307 personas que se supone están cumpliendo con la cuarentena estricta por haber viajado al exterior.

Dice su hijo Juan (también es un nombre ficticio), que se encuentra bien, aunque triste y angustiada por su familia que quedó en Valencia y Madrid. Es que lo que iba a ser unas vacaciones de ensueño terminaron en una pesadilla.

Hoy Susana no puede salir a la calle, tiene miedo y no deja de controlarse cada dos horas la temperatura corporal. Es consciente que apenas vea una alteración en el termómetro debe llamar a su hijo y comunicarse de forma urgente con la emergencia médica.

También la inquieta el patrullero que cada tanto pasa por el frente de su casa, es que ya algún vecino la ha denunciado, y aunque guarda cuidados estrictos, igual los vecinos están preocupados. El temor es lógico, en España, el primer fallecido data del día 13 de febrero, el segundo fue el 3 de marzo. Hoy llevan más de 30000 enfermos y unos 2000 muertos.

Juan todos los días a mediodía le alcanza los alimentos en una bolsita. Llega a la casa, le toca el timbre, y le pregunta a través de la puerta de chapa: ¿Mamá andás bien, necesitás algo más? y cuando Susana responde ahí recién se queda tranquilo. Da media vuelta y sube a su auto. María abre la puerta apenas para sacar la mano y recoge los alimentos del día. Regresa a la cocina, se sienta en la mesa, abre el paquete y se pone a almorzar. Esa es su rutina diaria y se volverá constante hasta que se cumplan los 15 días de su regreso. Luego quedan en contacto por WhatsApp. Dice Juan: “Esto es un calvario” y explicó que solo la pudo ver una sola vez a través de la ventana, fue al segundo día de su regreso y que ya no la vio más. Solo la escucha.

Junín tiene unos 300 casos como el de Susana. De hecho, la policía que se encuentra en las distintas avenidas de la ciudad ya reconocen a los familiares que se trasladan de un lado a otro con las viandas.

A todo este panorama, se sabe que crecen las denuncias de personas comunes que tienen miedo: llaman a la Policía porque fulano vino de Estados Unidos, o mengano llegó de Italia o sutano llegó de Brasil. Un caos.

No era esto lo que uno esperaba del siglo 21. La pandemia se está convirtiendo en una promesa de apocalipsis. Ojalá que en un tiempo no muy lejano nos encontremos otra vez compartiendo la mesa con la familia o la ronda del mate con amigos y riéndonos de nuestros propios sustos y sobreactuaciones de aquel año 2020, el año en que todos, por algunos días –o semanas, o meses, quién sabe– jugamos con la idea de la peste, el caos y el final.

Ojalá Susana se reencuentre rápido con sus hijos y vuelvan a ser la familia previa a ese viaje a España.

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