¿Educación? Sin duda ¡pero hay que hacer el desarrollo!
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Opinión

¿Educación? Sin duda ¡pero hay que hacer el desarrollo!

Por Gustavo Rosas (*)

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Estamos escuchando a algunos candidatos poner el acento y hasta el eje de su futura acción política en el tema de la educación, cuestión que indudablemente tiene enorme relevancia, porque como decía Sarmiento, un país que no educa a su pueblo no tiene destino.

Mediante la educación preparamos a las nuevas generaciones a fin de de que se nutran de las herramientas necesarias para poder defenderse en la vida y conseguir progresar personal y socialmente. Por eso, cuanto mejor sea la educación que se imparta por parte de maestros y profesores y cuanto mejor sea el nivel de comprensión, esfuerzo y dedicación de los alumnos, mejor será el resultado.

Sin embargo, es necesario aclarar que en la Argentina en que vivimos, se está viendo que una cantidad de jóvenes preparados en distintas profesiones, muchos de ellos de un alto nivel de excelencia, se están yendo del país o tienen la intención de hacerlo en cuanto puedan.

Y esto, ¿por qué sucede?
Le respuesta es obvia. Nuestro país tiene un nivel de desarrollo económico tan bajo (sería más claro decir: ¡un nivel de subdesarrollo tan profundo!), que no está en condiciones de brindar un ámbito adecuado para el desempeño de estos nuevos egresados y frecuentemente sucede, y desgraciadamente va a seguir sucediendo, que cuanto más elevado sea su nivel de preparación, más difícil les será encontrar un lugar para trabajar y percibir un ingreso decente, que compense el esfuerzo de su preparación.

Estando como estamos, con una cantidad de subsidios a alrededor de 18 millones de personas que no tienen trabajo estable, (o para decirlo de otro modo, cuando sólo trabaja menos del 20% de la población que está en condiciones de hacerlo), es necesario, urgente e imprescindible poner en marcha la economía de nuestro querido país. La inflación y la fuga al dólar, la desinversión y el empobrecimiento, la exclusión social y la diáspora de empresas y jóvenes son todos síntomas de problemas más profundos y persistentes.

Una economía desarrollada como la que necesitamos tiene complejos modos de organización, que requiere alta dotación de capital. No basta contar con recursos naturales o humanos abundantes y de buena calidad, si no se dispone de una dotación de capital fijo instalado que abarque la infraestructura del país, así como su parque de herramientas y equipos.

Un proceso de desarrollo sólo puede avanzar sobre la base del aumento del capital fijo instalado e incrementos o inyección de más capital y capital. Así es que podemos decir que el desarrollo equivale al aumento de la capitalización del país.

Para lograrlo hay que ahorrar y destinar el ahorro para formar capitales nacionales, aunque también pueden participar los capitales externos, que serán bien recibidos si se destinan a inversiones en los sectores claves que interesa desarrollar prioritariamente.

El enemigo del desarrollo es el consumo (incentivado por el populismo), ya que si se consume todo lo que se produce, no hay ahorro para invertir. Y si se consume más de lo que se produce, para sostener ese consumo no hay otro camino que el de la emisión inflacionaria o tomar deuda externa, que es lo que viene sucediendo desde hace demasiados años.

O sea que el camino es el de promover el ahorro y simultáneamente desde el Estado incentivar para que esos ahorros se direccionen como inversión a los sectores más dinámicos. Como por dar unos meros ejemplos podría ser el gas de Vaca Muerta (que alcanza para más de 200 años de consumo interno y es imprescindible usar antes de que resulte tecnológicamente obsoleto); la construcción de un nuevo polo petroquímico; el desarrollo de la industria de alta tecnología, como las baterías de litio (del que somos segunda potencia en reservas mundiales); el turismo receptivo y desde luego el campo; etc.; que pueden llenarnos de divisas.
Para ello es preciso instrumentar claros incentivos a la inversión. Sobre todo en Argentina, adonde por falta de confianza hay nada menos que 250 mil millones de dólares en blanco, atesorados, guardados en el colchón o inmovilizados en una caja fuerte (que es lo mismo), ya que ello implica sustraer recursos a la producción.

Es preciso crear puestos de trabajo a efectos de capitalizarnos en recursos humanos. Todo el mundo trabajando es la forma de elevar el nivel de esos recursos, para dotarlos de mayor calidad y elevar la productividad de nuestra economía. Solo trabajando se va a conseguir capitalizar la economía y producir nuevos y mejores puestos de trabajo. Se trata de reemplazar el actual círculo vicioso de la escasez y el empleo público como única herramienta de salida y crear un círculo virtuoso, de ahorro, inversión, capitalización y trabajo genuino.

Para ello se necesitan múltiples estímulos estatales y una reforma del Estado que comprenda también un cambio en las reglas de juego. Que sea mejor trabajar que cobrar un subsidio. Que sea más negocio trabajar en el sector privado que en el Público.

Hace unos cuantos años, un gran político argentino, Raúl Alfonsín, nos prometía con entusiasmo que “con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia … todo se iba a conseguir”, pero ese pensamiento fue a todas luces insuficiente. Le faltaba la pata del desarrollo. Hoy, como entonces, con la sola educación tampoco alcanza.

Así, finalmente, en un país que comience a transitar en las vías del desarrollo, nuestros jóvenes estudiaran con la esperanza de que al final los estará esperando un futuro auspicioso y la educación cobrará su verdadero y más amplio sentido de igualador social y elevador de las condiciones de vida de toda nuestra población.

(*) Presidente del MID
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