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Día del animal: ¡No te siguen porque sí!

Escribe Miguel Cicoria – En recuerdo de mi amiga Bora, 12 años de camino compartido

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Escribe Miguel Cicoria

Dicen que los perros necesitan vivir menos que sus amos, que en el cielo se van juntando las mascotas con quienes hemos convivido a lo largo de nuestra vida. Algunos solamente nos han visto nacer, pero previamente, han visto de dónde venimos, han conocido a nuestros padres y abuelos. Otros, sin embargo, nos han conocido desde adolescentes, con nuestros primeros amores, forjando ideales. Están también, los que siendo nosotros esposos y padres han nacido en medio de la llegada de nuestros hijos, compartiendo este intenso trajinar… y, si la vida se alarga, habremos tenido los perritos que, durante su vida entera, nos conocerán ya como abuelos, compartiendo la complicidad necesaria en la crianza.
Al igual que nosotros en la tierra, dicen que Dios confía mucho más en los ángeles caninos que en los de origen humano. El sabe que son más fieles al compromiso con la verdad. Parece que toma sus decisiones luego de escucharlos, por eso… casi nunca se equivoca.
Lobo, Chicharrón, Colita, Candy, Sheila, Yuki, Penki, Pochi, Mortimer y la admirable Bora, me conocieron en distintas etapas de mi vida… e, inexorablemente, ¡han ido partiendo! Trataré que Duna, y los que estén por venir, en lo que me resta de vida, llegue a conocer mi mejor versión de ser humano.
No obstante, más allá del mundo hogareño, inevitablemente, también opinarán sobre mí, los cánidos que gastan sus días en la calle. Son demasiados los que deambulan por ahí, y querrán dar fe de mi proceder. Todos de incorruptible memoria; algunos más conocidos, y otros no tanto, pero cada uno de ellos se acordará de mí.
Y ahí estarán opinando… El que se tira debajo de la mesa del bar, a escuchar. El que espera algo de chori en el entretiempo futbolero. El que me acompaña hasta mi trabajo y luego se vuelve al barrio, a esperar. Los que trotan conmigo en el Parque. El famoso Toto, que me ve pasar por la librería. El que me sigue por el centro como quien mira vidrieras. El perro de la laguna, que, entre mate y mate, distrae mi atención. El mestizo aspirante a perro de policía, que se para junto a ellos para ver qué pasa. Eusebio y Panchita que habitan plaza Marcilla.
¡En fin! Propios, ajenos y callejeros, entre todos, saben demasiado de mí, por eso confío en que llegarán a opinar, muy cerca de lo que, en verdad, soy. Mi padre me enseñó que cuando un perro te olfatea y te mira a los ojos, capta lo esencial tuyo. Trataba de decirme que, el que anda por el buen camino, no debe temer al juicio perruno.
Por eso me pareció muy piola la idea que tuvo Dios de rodearnos de perros, y luego escuchar las redes caninas antes de tomar una decisión sobre cuestiones humanas. Seguramente es por eso que casi nunca se equivoca.

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