Cementerio abandonado de Villa Mantero
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Cementerio abandonado de Villa Mantero

Muchos foráneos que accidentalmente lo han cruzado sin saber de su existencia, han experimentado algún suceso “extraño” en su cercanía.

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Escondido en medio de un tupido monte, perdido a pocos kilómetros de la localidad de Villa Mantero, en el departamento Uruguay, en la provincia de Entre Ríos, se encuentra un cementerio abandonado, donde se cruzan cientos de historias y relatos que la gente del pueblo comenta. Incluso muchos foráneos que accidentalmente lo han cruzado sin saber de su existencia, han experimentado algún suceso “extraño” en su cercanía.

La espesa vegetación se había devorado los mojones de referencia, por lo que tuvimos que acudir a algunos vecinos de la localidad para que nos orienten y, de paso, recabar alguna historia o relato que nos sirva para compartirlo. Por esas casualidades de la vida, nos cruzamos con Roque, que gentilmente nos indicó un sendero por donde pasar para llegar al lugar.

Su referencia vino acompañada de un curioso comentario: «paisano, ¿para qué van a ir ahí? ¡Ese lugar está maldito!”.
Ya con esa referencia les anticipamos el resto de la historia… ¿Verdad? ¿Mito? No lo sabemos, pero lo cierto es que sobre el pucho nos miró y comenzó a relatar la anécdota de un colono que había venido de Villa Elisa para sembrar unos campos linderos y como es la costumbre, algunos se quedaban en casillas a pasar varios días, los peores días o, mejor dicho, las noches más raras que se puedan imaginar. Nos contaba Roque que este colono no resistió y pidió volverse al pueblo antes que quedarse cerca de ese lugar, dijo que veía cosas raras y escuchaba ruidos. En cierto momento, se encontró cara a cara con un joven que, así como apareció, se esfumó en sus narices.

Pero bueno, en fin… Es sólo un relato de los varios con los que nos topamos cuando preguntábamos por el lugar.
Una vecina del pueblo nos decía que ese cementerio data de fines de 1800 y que allí descansaban los restos de muchas personas que fueron alcanzadas por la fiebre amarilla, peste que se radicó en nuestra provincia desde 1900 hasta casi 40 años después.
Otros nos comentaron que el lugar era un cementerio judío, versión que descartamos por varias razones, entre ellas que posee cruces comunes y apellidos no judíos.

Placas
Una vez dentro de ese espeso monte que rodeaba el misterio que buscábamos, nos llamó la atención la cantidad de placas de jóvenes que encontramos, de entre 15 hasta no más de 25 años. También eran parte del escenario unas cunitas de metal muy pequeñas, como si fueran de niños muy pequeños, algunos que no llegaban al año, según las pocas placas que todavía dejaban leer sus fechas y dulces dedicatorias.

Otra de las sorpresas que nos llevamos fue que, en el interior de muchas tumbas, habían crecido árboles y los troncos casi se comían las cruces por completo. Ni las fotos, ni los videos ni las palabras que aquí estamos plasmando, pueden lograr retratar a la perfección este paisaje tan particular que tuvimos la suerte de conocer.

Una señora que gentilmente nos dio indicaciones sobre el lugar, nos contó que ella jamás puso un pie en este cementerio, y lo dijo con una expresión casi risueña, insinuando miedo quizás o algún temor por algo que sabía, pero prefirió guardarlo para intentar no asustar a ese grupo de cuatro jóvenes entusiasmados por encontrar el lugar.

Lo raro de toda esta travesía no fue sólo la dificultad para encontrar el lugar sino lo que nos sucedió en él y lo que experimentamos mientras lo recorríamos. Acá es donde se pone aún más interesante la historia.
Alguien que lo visitó alguna vez supo expresar: «una vez que estás ahí, sólo te interesa salir».

Atravesamos un sembrado de soja y luego un monte tupido de mil especies de árboles, combinación que hace único al lugar.
Si lográs llegar a la parte de monte alto, te encontrás con un alambrado que está perimetrando el campo santo y una vez que lo pasas, ya comienzan las primeras sensaciones inexplicables y el corazón sutilmente se acelera sin motivo alguno (o quizás motivos sobran, sólo el corazón sabe).

Como ya dijimos antes, fuimos un grupo de cuatro personas, y cada uno de nosotros vivió algo distinto en un predio de no más de 1000 metros.

Perdida
Yoko, la profe del grupo, en su afán de retratar esa magia que nos ofrecía el lugar se perdió del resto. Tratando de encontrarnos, sólo atinó a salir desde el ala contraria al ingreso del monte. Lo raro es que la veíamos a unos 150 metros y la llamábamos con gritos intensos, pero jamás escuchó.

Andrés, el cameraman, tratando de buscar el mejor foco para sus imágenes y videos, nos perdió de vista (según dice él) pero estábamos todos a su lado: «Desde que crucé el alambrado sentí en cranch de las hojas secas en el suelo, el trinar de varios de pájaros que no se ven, sudor frío y esa sensación de que alguien te vigila cada paso. Sólo esperaba salir para agradecer a esa energía que nos haya dejado ingresar y estar ahora relatando esto”.

Mery Ro, nuestra encargada de la edición de videos y pulido de imágenes, comentaba en la cena que compartimos al volver a casa, que en todo momento sentís alguien vigilando cada paso que das. «En un momento me encontré sola tratando de esquivar unas cruces enterradas cuando sentí pasos a mi lado y no había nadie. Salí corriendo con el corazón agitado buscando alguna de sus caras para calmarme».

Lean, nuestro chofer, recolector de datos y relatos de las voces nativas, describió como aturdidor el trinar de pájaros que se camuflaba con el crujir de cada paso en el colchón de hojas secas que cubría el piso del lugar. Sin embargo, nadie nunca vio un solo pájaro en el interior de este monte tan misterioso. “Sentía una bandada de pájaros revoloteando y trinando, pero jamás pude ver alguno, cada pisada te hacía acelerar el corazón porque no sólo crujía ese colchón de hojas y ramas secas, sino que también te tropezabas con cruces y latas de ataúdes». Raro, ¿no? Sentir algo que no se ve, al punto de que resulte aturdidor y tenebroso.

Sin dudas fue una experiencia de esas que no se pueden describir porque te quedás corto con las palabras, un sinfín de emociones, sentimientos y vivencias que cada uno de nosotros se lleva consigo. Sí hubo algo en lo que todos coincidimos: la sensación de que alguien continuamente te observa, en cada paso, a cada instante, en cada momento, una sensación de sudoración fría en las manos y una palpitación cardíaca que lo único que pide es salir pronto de ahí.
Como dice el dicho “creer o reventar”, ese lugar tiene una energía muy particular, incluso uno de nosotros no recordaba mucho lo que había vivido allí luego de salir.

Hay un relato de un camionero que vio una pareja de ancianos caminando de la mano a la madrugada. ¿Será una de esas parejas que desde el más allá sigue eligiendo “ir juntos a la par”?

Sin dudas que los relatos más atemorizantes hacen referencia a la aparición allí de la silueta espectral de una niña con vestido blanco a la vera de la ruta. ¿Qué buscará esa niña?

Fuente y fotos: Pueblos y Leyendas de Entre Ríos.

Lee también: Colonia Velaz: Un pueblo olvidado

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