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Caso Tallarico: un brutal crimen, una nena testigo y una causa archivada sin condena

La bailarina del Ballet Brandsen fue asesinada en un departamento en la Plata en 1994. Su hija, la única testigo, siete años después acusó a su padre del hecho. Pero la causa terminó archivada y sin culpables.

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Cuando el sol de verano ya se hacía sentir en La Plata, los policías comenzaron a llegar al playón del edificio ubicado en calle 29, entre 43 y 44. Allí, el cuerpo tendido de una niña herida, con fracturas, era el inicio de uno de los tantos misteriosos crímenes que llenaron páginas de diarios del país, pero que quedaron impunes. Al lado de Valeria, de 11 años, había sábanas anudadas. En un departamento del piso 8, desde donde la pequeña había bajado a través de las sábanas, estaba el cuerpo ensangrentado de su mamá: Liliana Tallarico.

La víctima, una trabajadora de IOMA y bailarina folclórica, había sido degollada en su cuarto, mientras que la hija había intentado escapar de esa espantosa escena bajando por esa improvisada soga y terminó herida al caer de unos quince metros. El hecho ocurrió en la madrugada del 5 de febrero de 1994 y, tras idas y vueltas, el expediente se cerró definitivamente sin que haya culpables. Otro femicidio sin resolver, pero con un sospechoso marcado: José Luis Jara, padre de Valeria y ex esposo de Liliana.

Los investigadores que reconstruyeron las horas previas a la muerte, con dichos de vecinos, un par de pistas pisoteadas en la escena y luego el testimonio de la niña, desentrañaron que en la noche previa al crimen Liliana cenó con Oscar Murillo, director del Ballet Brandsen, y con quien mantenía una relación oculta. Su voz, algo chillona, se escuchaba desde la otra habitación, donde Valeria intentaba dormir.

El folclorista fue detenido cuando llegaba al velatorio de la mujer, en Ranchos, ciudad que vio nacer a Tallarico. Pero no pasó mucho tiempo tras las rejas, ya que dos testigos declararon que esa madrugada de sábado, a las 4.15, él estaba en su casa de Temperley. Y a esa hora, según la autopsia, fue cuando el asesino tomó desde atrás a la mujer, la presionó contra la cama con sus rodillas y le hizo tres profundos cortes en la garganta con un cuchillo de cocina.

Sin embargo, la escena del crimen, desde el inicio, no fue “bien tratada”, y toda posible prueba se perdió en pocas horas. Mientras el cuerpo de Liliana aún permanecía en la habitación, más de veinte testigos declararon en el living del departamento. Un vecino de la mujer, del piso 7°, recordó haber escuchado gritos, mientras que otro, alrededor de las 4 oyó un portazo primero y el ascensor después. El sereno, que cobraba 400 pesos y velaba con su revólver por la seguridad de las 86 familias del complejo, no pudo aportar demasiado. Descartado Murillo, recién siete años después la causa dio un giro clave.

CAMBIO DE RUMBO

Valeria, que ya había cumplido 18 años y tenía un hijo, se presentó ante el nuevo juez de la causa, Horacio Nardo, y aportó otra versión de los hechos. Tras años de depresión y de regreso en el departamento que fue testigo del sangriento hecho, la joven denunció que su padre había sido el asesino de su mamá. Por su shock emocional, su bloqueo, había olvidado todo. Pero la ayuda de los profesionales le permitió retroceder hasta 1994 y contar una versión diferente.

Según relató Valeria, Jara llegó al departamento cerca de las 23 para llevarla a Ranchos, pero como se había retrasado su madre no se lo permitió. Minutos después llegó Murillo, comieron juntos y después ella se fue a la habitación. Cuando el hombre se fue, regresó Jara. Contó que los escuchó discutir, que él intentó violarla y que vio cómo la mataba. Después, siempre según su testimonio, Jara hizo una soga atando sábanas y se fue usándola para salir del edificio. Por la mañana, la nena intentó lo mismo, pero se desató un nudo y cayó al vacío.

Dijo, también, que su papá la había violado meses antes de matar a su mamá, y que siguió haciéndolo después. Para la teoría del juez Nardo, Liliana sospechaba de los abusos del padre de la niña y por eso él la terminó matando.

Jara fue detenido en febrero del 2001, aunque en agosto de ese año la Justicia le dictó la falta de mérito y lo liberó, pero le denegó el sobreseimiento definitivo. A fines de 2004, la Sala IV de la Cámara Penal platense consideró que no había otras pruebas contra el empleado telefónico y carpintero. De hecho, él siempre apuntó contra su hija, a la que calificó de “monstruo” y de nunca “llorar a su madre”.

Más allá de su beneficio judicial, un informe de la Asesoría Pericial del Poder Judicial bonaerense aportó más misterio al hecho. Reveló que la sangre que había en una de las sábanas secuestradas luego del crimen de Tallarico era de la hija de la víctima, y no de su ex esposo. Y eso se sumó a otro enigma nunca resuelto: ¿pudo una niña de 11 años hacer esos nudos en las sábanas con tanta fuerza? La respuesta de las pericias fue que no.

En agosto de 2009, el Juzgado de Garantías Nº 4 de La Plata, decidió dar por concluida la investigación y convirtió en definitivo el sobreseimiento provisorio que tenía Jara desde 2004. Ya no había esperanza de nuevas pruebas. El testimonio de Valeria nunca alcanzó, pese a que había datos que apoyaban su versión. El crimen quedó archivado, el femicidio sin resolver y la Justicia otra vez manchada de sangre impune. (DIB)

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