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Carta a Betty, ¡Mi mamá!

Por Víctor Roncati – Tal vez te preguntes porqué te escribo una carta si nos vemos casi todos los días. Y, bueno, tengo necesidad de hacerlo, es una manera de sentirme vivo, y recordar el pasado a través de algunas pinceladas de nuestra historia.

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Tal vez te preguntes porqué te escribo una carta si nos vemos casi todos los días. Y, bueno, tengo necesidad de hacerlo, es una manera de sentirme vivo, y recordar el pasado a través de algunas pinceladas de nuestra historia.
Recuerdo: Yo tenía tres años y pasábamos algunos días solos en nuestra casa, cuando papá se ausentaba para cumplir con su trabajo de maquinista en el Ferrocarril San Martín. Casi como un juego, me enseñabas a barrer, pelar papas, secar la vajilla de la cocina. Siempre elogiabas mi trabajo, aunque algunas veces te descubrí ir por detrás para terminar lo que yo había intentado hacer bien, y a veces no lo lograba.
Me enseñabas cómo cuidar la ropa y tener ordenados los pocos juguetes que tenía.

“¡Mami! Te noto un poco descompuesta, y se te ve más gordita…” y tratabas de buscar las palabras apropiadas para decirme, a mis 5 años que iba a tener un hermanito con quien jugar y compartir un montón de vivencias … y así fue, nació mi hermana Cecilia; todos estábamos muy contentos. Vos siempre nos contaste que querías tener muchos hijos, una familia numerosa.
Puedo recordar, cuando el primer día de clase me acompañaron a la Escuela Nº 41, de nuestro Barrio Villa Talleres. Estábamos los cuatro, yo con mi guardapolvo blanco impecablemente planchado y mi pequeño portafolio. Al sonar la campana, sentí que comenzaba la nueva vida. Vos, papi y mi hermana quedaban en la vereda y yo solo con una maestra que no conocía y un montón de chicos más… vi unas lágrimas en tus ojos.
Pero este desprendimiento se fue realizando normalmente; pronto comencé a amar a la escuela y me sentí muy cómodo. Vos mami, controlabas todos los días el cuaderno, me marcabas los horarios para hacer los deberes; para jugar y para ayudar un poco en casa. ¡Eso sí, de la comida y del planchado te encargabas vos! Me acompañabas a los actos escolares y participabas de las reuniones de padres.
Mi hermana comenzó la escuela primaria en la Escuela Nº 18 de Villa Belgrano, y muchas veces me tocaba acompañarla o ir a buscarla; yo protestaba un poco. ¡Te acordás mamá! Pero tu tierna mirada terminaba por convencerme.
Y así fueron pasando los años de la infancia, concurriendo todos los días a la escuela, jugando a la pelota, ayudando con mandados, y siempre con la ropa limpita y la comida rica.

Como en casi todas las casa, el dinero estaba justo y vos ¡mamá! , comenzaste a trabajar de enfermera, oficio que conocías muy bien ya que antes de casarte lo habías desempeñado en el Hospital Regional. Aplicabas inyecciones, tomabas la presión; algunos enfermos venían a casa y otras veces, eras vos la que concurría al domicilio de los pacientes.
Cuántas noches te vi salir de prisa con tu bicicleta “Aurorita” blanca para calmar el dolor de tanta gente. Había noches que lo hacías tres o cuatro veces en distintos horarios. Si yo estaba despierto, te preguntaba el porqué de tantas salidas y vos me explicabas que cada medicación tenía su horario. ¡Pocas veces te acompañé! Nunca escuché que te negaras y estoy seguro que en muchas ocasiones lo hacías en forma gratuita porque no podían pagarte.
Al terminar la escuela primaria concurrí al Colegio Comercial para continuar con los estudios secundarios, ¡era el despertar de mi adolescencia!, un mundo nuevo, distinto. Papá y vos me fueron guiando por ese camino. Con palabras sencillas y profundas me enseñaron el valor de la amistad, el respeto por la mujer, el sentido de la sexualidad. Desde siempre ¡vos, Mamá! fuiste una mujer de Fe. Ibas todos los domingos a misa, a la Parroquia Sagrado Corazón y te sentabas en el tercer banco a la izquierda, allí, al lado de la imagen de la Virgen de Luján; tu amor por la Virgen siempre fue un hito fundamental en tu historia de Fe.
Las pocas veces que fuimos hasta la Basílica de Luján, era una alegría desbordante para vos y que nos contagiabas; solíamos encontrarnos con tus hermanos y sus familias; viajábamos en tren hasta Mercedes, y desde allí otro tren a Luján, con los bolsos llenos de comida para compartir y llenos de intenciones para dejarlas a los pies de la Virgen María. ¡Eran días de júbilo!
Tu fe en Dios te llevó asumir un compromiso mayor; diste catequesis por más de 30 años en tu parroquia, hasta que tus fuerzas físicas te sostuvieron. Después pasaste a interceder por toda la Pastoral desde casa con la Legión de María. Participaste también de los Cursillos de Cristiandad con papá; eras la “llama encendida del Resucitado” en nuestra casa.
Como te gustaba y sabías algo de costura, decidiste estudiar para hacerlo con más profesionalismo. Arreglabas nuestra ropa y te animaste a realizar algunos trabajos para afuera. Tengo grabado en mis oídos el tic tic de la máquina de coser Singer.
Siempre fuiste muy emprendedora y perseverante en tus tareas.

Y así pasó mi adolescencia, terminé la secundaria y comenzaba mi hermana en el mismo Colegio.
Cuando me tocó hacer el Servicio Militar, te vi llorar, intuías desde tu corazón de madre que eran tiempos difíciles; y te aferraste más a tu Fe. La Eucaristía fue “casi” tu alimento diario, el Rosario a la Virgen siempre en tus manos.
Cuando participábamos del grupo de jóvenes de la Parroquia Sagrado Corazón tu alegría era inmensa y tu ayuda fundamental; allí en el grupo aprendimos a rezar, nos enamoramos más de Jesús, y nos fuimos comprometiendo con algunos trabajos apostólicos.
Te acordás ¡mamá! En los retiros espirituales y campamentos que realizábamos, éramos muchos jóvenes y adolescentes; nos acompañabas siempre para darnos una mano, a veces con otras madres, y a veces sola; y aunque las ollas de la cocina eran grandes y poca comida, vos hacías maravillas, y ponías alegría y paz en las convivencias; y además si había algún enfermo, allí estabas.
“Mamá quiero contarte que después de mucho pensar y rezar, he decidido entrar al Seminario, para estudiar y prepararme para ser sacerdote”… que lindo abrazo me diste, como se llenaron tus ojos de lágrimas, cuánta emoción que pudimos vivir en familia.
Siempre estuviste muy orgullosa de tus hijos, nos acompañaste absolutamente en todo y sin condicionamientos.
Iban pasando los años, todos crecíamos y madurábamos; las actividades que cada uno tenía nos llenaban los días.
Llego el tiempo de ordenarme sacerdote, hace 35 años, fue en la Capilla de Fátima, aquí en Junín.
Cómo sentí profundamente la presencia de Jesús.
Cómo sentí profundamente la presencia de mi familia que me acompañaba.
Allí, siempre allí, estaba mi mamá; y otra vez con sus ojos llenos de lágrimas.
La máquina seguía cociendo y la bicicleta andando por los caminos para visitar y ayudar a los enfermos, y tenías tanto amor para dar, que no entraba en tu corazón, y trajiste a Natalia a vivir a casa. Era muy pequeña. La amamos profundamente desde el primer momento.
Y fue pasando la vida. Un día papá se descompuso y su corazón le hizo una mala pasada; y nos unimos más en el dolor, fue un tiempo de duelo, nos sostenían la familia, los amigos, y sobre todo la Fe.
Y seguimos caminando, cada uno de tus hijos con sus proyectos, ideales, sueños y vos “mamá” con tu acompañar, con tu amor.
Y también llego tu enfermedad, el Señor Parkinson. ¡Cómo nos costó al principio! Vos que eras tan activa en todas tus cosas y ahora… aceptando tu lentitud… tu silla de ruedas… tú olvido de las cosas.
Pero Jesús nos fue fortaleciendo para aceptar la realidad; y hasta llegar a “Amar” esta situación que nos toca vivir.
Hace algunos meses te pregunté ¿Mamá querés que te traiga la Comunión? Y me respondiste, con lágrimas en los ojos: “Hijo, me voy olvidando de cosas, me olvidaré hasta de tu nombre, pero te pido por favor, nunca dejes de traerme a Jesús en la Eucaristía”.

El Señor me ha regalado la posibilidad de estar en una Parroquia aquí en Junín, cerca de casa. Voy a estar eternamente agradecido porque tengo la posibilidad de ir todos los días un ratito a estar con mi familia, a tomar algún mate con mi mamá. Los abrazos y los besos que nos damos son “maravillosos” y sé que a veces te canso, pero me encanta tenerte.
Una gratitud eterna a mis hermanas que con tanto cariño, delicadeza y pudor saben cuidar al “tesoro” más maravilloso que tenemos.
Mamá, alguna vez te tocará partir de este mundo, te extrañaremos mucho, pero también sabemos con certeza que te volveremos a encontrar en la Vida Verdadera.
Allí estaremos eternamente juntos con papá, en un abrazo eterno, ya no habrá más sillas de ruedas, ni imagen de la Virgen de Luján, ni siquiera la Eucaristía…
Sólo será un gozar del Amor de Jesús y de su Madre la Virgen María, y un caminar hacia la felicidad eterna.

Tu hijo.
Víctor Hugo Roncati.

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