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A un año de la muerte de Camila Borda

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Desde el 25 de febrero del año pasado, para las familias Borda-Barzábal, nada volvió a ser lo mismo. Tampoco para los vecinos de Avenida Arias al 1550 al igual que para toda la ciudad.

Una niña, de apenas 11 años, Camila, entusiasmada por usar su bicicleta nueva salía al mediodía para hacerle un mandado a su mamá. Sólo se iba a trasladar unos 70 u 80 metros y no había nada que temer y menos de qué preocuparse.

Un día tranquilo, con la temperatura cálida del mes de febrero. Casi nadie en la calle. Todos se preparaban para compartir la mesa familiar de cada domingo. Apenas alguna vecina haciendo una compra de último momento en la despensa del barrio. Y Camila…pedaleando rápido para llegar a cumplir con el encargue.

Nadie podía imaginar que serían sus últimas horas.

Muy cerca, apenas separada por la calle de tierra, la quinta. Y adentro, oculto tras la máscara de vecino meticuloso y trabajador, un monstruo. No existe otro término que se ajuste para describir a José Carlos Varela, ese casero de edad casi indefinida que había llegado a la quinta de Arias 1559 unos meses atrás a desmalezar, mantener el parque.

Comenzó a correr el reloj. Camila no volvía. Alejandra cada vez más inquieta decide salir a ubicarla.

Todo sería muy rápido. Y hoy, 365 días después, el recuerdo pasa como si fueran decenas de placas fotográficas que caen a velocidad.

Primero la mamá, sus hermanitos, los abuelos, los vecinos, las redes sociales cada vez más presentes en un intento desesperado por dar con la niña en su bicicleta con canastito. Y nada.

Entonces la denuncia, una pareja de policías recorriendo las calles en una camioneta y Alejandra ocupando el asiento trasero presa de angustia y desesperación.

El hallazgo del cuerpito de Camila en el baño del primer piso de la quinta. El grito de la mujer uniformada que encerraba sin mencionarlo siquiera, un cuadro incomprensible. Doloroso.

Como pocas veces, apenas nueve meses después, en juicio oral, condenaban a José Carlos Varela a reclusión perpetua por el homicidio doblemente calificado por alevosía y criminis causa, con abuso sexual con acceso carnal. Su equivalente, no menos de 35 años en la celda de una unidad penitenciaria.

Pero para su gente, su familia, los vecinos, las amiguitas, sus maestras, nada es suficiente. Alcanzaría con verla subir a su bicicleta nueva, esa que apenas pudo disfrutar. O con sus cuadernos de la escuela y soñando con ser maestra.

No será posible. Hace un año, un monstruo le arrebató el futuro y con él se llevó la felicidad de su gente.

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