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A la par del dromedario

Después de unos cuantos meses, vuelvo a casa. Me recuesto a la sombra de los plátanos y de las encinas a descansar un rato, tal vez más tarde pasen mis hijos a saludarme.

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Escribe: Padre Víctor Roncati
Cura Párroco de San Ignacio de Loyola

Después de unos cuantos meses, vuelvo a casa. Me recuesto a la sombra de los plátanos y de las encinas a descansar un rato, tal vez más tarde pasen mis hijos a saludarme.
Trato de hacer memoria desde el corazón, porque lo que pasa por la inteligencia se puede olvidar… pero aquello que pasa por el corazón nunca se olvida.
Puedo escuchar el murmullo del rio que pasa cerca de aquí y como hay una pendiente pronunciada, en su caída deja escapar ese sonido tan agradable a mis oídos. ¿O será más importante ahora después de todo lo vivido?
Yo Burne, hijo de Burnell, mis padres me pusieron ese nombre porque al nacer parecía un pequeño “osito” de color tostado; y todos mis parientes bromeaban con eso; y ahora ya viejo, pronto a encontrarme con mis dioses, de pronto me encuentro con haber pasado por una experiencia única.
¡No salgo de mi asombro! Necesito volver a recordar todo lo experimentado.
Nací en una familia muy pobre, viviamos en las afueras de Assur, que hace mucho tiempo fue una ciudad muy importante y llegó a ser capital del imperio Asirio.
La parte central de la ciudad, que se encuentra en la colina, está recostada sobre el rio Tigris, allí lucen los palacios de las personas importantes, de los ejércitos, los comercios, los mercaderes, los templos religiosos, los sacerdotes. Es allí en donde se encuentra la mayoría de las riquezas.
Y los que estamos afuera de la colina, en la parte más baja, que en el tiempo largo de las lluvias se inunda y queda un vado, y es allí en donde cultivamos nuestros sembrados, cereales, trigo, algodón, algo de huerta…con ellos pagamos nuestros impuestos.
Cuidamos algunos animales, sobre todo dromedarios mamíferos de pelaje corto, y que tienen una joroba, que (después de lo que estoy contando, me enteré que son distintos de los camellos, ya que estos son más grandes y algunos tienen dos jorobas). Nuestros dromedarios son muy buenos para cargar bultos y pueden andar mucho tiempo en el desierto, aun sin beber agua ya que su cuerpo mantiene una reserva especial.
En mi juventud comencé a trabajar con un señor muy importante y prestigioso en la ciudad. Mis primeras labores fueron de limpieza afuera de la inmensa y hermosa casa, ya que en el interior era un trabajo generalmente de mujeres.
Y sobre todo en el cuidado de los animales, ya que en la parte de atrás de la casa había un corral con muchos dromedarios.
Con el tiempo mi rey me fue tomando confianza y cariño y me invitaba pasar al salón de los estudios, donde él trabajaba. Allí había una infinidad de aparatos y papiros enrollados y puestos dentro de unos tambores; también había algunas alforjas en donde se guardaban las tablillas de arcillas que con un cálamo de caña, servían para escribir, en lo que es nuestra escritura cuneiforme.
Mi rey era muy estudioso, pasaba largo tiempo en ese lugar, pero sobre todo de noche, ya que estudiaba a las estrellas del firmamento y con compases y escuadras volcaba toda esa información y las escribía.
Yo solía limpiar, y acomodar con mucho cuidado esos elementos.
Mi rey decía que era astrólogo, ya que estudiaba a los astros, las estrellas, el Sol, la Luna y tenía mucho conocimiento de física.
Y era muy consultado por los sacerdotes del Templo, ya que nuestro Pueblo, Asiria, es muy religioso y rendimos homenaje a nuestros numerosos dioses; que son representados en forma humana, pero tienen una autoridad ilimitada sobre nosotros. Nuestro pueblo tiene temor a los dioses por eso para rendirles homenaje construimos grandes templo y tenemos los sacerdotes que hacen los sacrificios.
Nuestra ciudad: Assur, su nombre está tomado de una divinidad, que representa la Vida, el árbol de la Vida. Tenemos a Ishtar (la diosa del amor, de la guerra y de la fecundidad) y Anu (el Dios del cielo) y Enlil (dios de los vientos y tempestades, Ea (el Señor del agua) y muchos otros más.
Un día, mi rey me dijo: “Burne, prepara los cinco mejores dromedarios porque mañana temprano vamos a partir en un largo viaje; y quiero que vos también me acompañes, para que vayas cuidando a los animales.
Y así partimos de Assur, en caravana: el rey con unas cuántas personas más; comenzaba el otoño, el tiempo seco, llevábamos vasijas con agua y provisiones de alimentos, ropa de abrigo, y unos baúles con regalos, (¿vaya a saber para qué?) y que cargaban los animales.
Nosotros no sabíamos a dónde íbamos, pero confiábamos en nuestro rey. Nos encaminamos hacia el oeste, donde estaba el Gran desierto.
En el desierto la vida es muy difícil, el viento y la arena, van borrando permanentemente las huellas. Generalmente caminábamos de noche y durante el día descansábamos, resguardándonos del Sol.
Cada tanto encontrábamos algún oasis con plantas de sombra y agua para descansar un poco más. Algunos forasteros pasaban por allí y se intercambiaba comida y sobre todo información.
¿Adónde quería ir mi rey? ¡El buscador de la Verdad! Nos preguntábamos.
El decía seguir a una estrella, pero ninguno de nosotros la veíamos.
Y fueron pasando los días. Casi terminando el Otoño, seguíamos caminando, cruzamos un pequeño rio, dicen que se llamaba: Jordán, entramos en la tierra de los judíos, un tiempo más y llegamos a una gran ciudad: Jerusalén.
En las afueras armamos nuestro campamento; también llego gente de otros lugares que se unieron a nosotros, con sus camellos. Cada uno cuidaba sus cosas y su lugar.
Yo me había lastimado los pies en el camino y me quedé allí haciendo guardia, pero mi rey, junto con otros fueron hasta la ciudad a presentarse al Rey Herodes.
No sé qué pasó pero vino de muy mal humor; por la noche llegó la orden: “a levantar campamento es hora de partir”, nos pusimos en camino rumbo al Sur.
Como olvidar cuando mi rey, y los otros llegaron hasta una gruta en las afueras del pequeño poblado de Belén, cautivados contemplaron a un niño que había allí, envuelto en pañales y recostado en un pesebre de madera.
Me acuerdo profundamente como los camellos y dromedarios se pararon ante la luz que inundaba toda la gruta y se mantuvieron a distancia como para no entorpecer ese momento; a veces pienso que los animales entienden.
Mi rey, bajo de la cabalgadura, ayudado por mí, y con paso firme y sereno se encaminó a la entrada de la gruta; iba con su vestido reluciente, a pesar del cansancio y de la tierra del camino. Yo llevaba un pequeño cobre, sacado del baúl, que mi rey se lo ofreció al niño como un regalo.
En ese momento, de rodillas, me di cuenta que mi rey era el que estaba sobre el dromedario… pero ese Niño en el pesebre, era mi Dios y Señor.
Yo los vi a todos ellos y sobre todo cuando miré al niño; juro por la multitud de los dioses de mi tierra que no me quedaban ganas de ver a nadie más.
Me quedé extasiado por un largo rato, y en ese preciso momento comprendí, que los sentidos, la mirada, siempre, siempre, le pertenecen a la persona que los hace brillar.
Y desde ese instante, cada vez que hago memoria desde el corazón, y vuelvo a “re-vivir” ese acontecimiento, mis ojos comienzan a brillar.
Dios los bendiga.

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