A 50 años de su fallecimiento, la impronta de Emilio Pettoruti persiste en colecciones y museos
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A 50 años de su fallecimiento, la impronta de Emilio Pettoruti persiste en colecciones y museos

El legado del genial artista plástico perdura en trazos geométricos y abstracciones, en lo obsesivo de sus búsquedas y variaciones, en su formación artística e intelectual en una Europa vanguardista y moderna, y en la promoción local y regional que impulsó.

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a impronta del artista plástico platense Emilio Pettoruti, que murió en París hace 50 años, justo cuando se disponía a regresar a la Argentina, no solo representa el nombre del museo de bellas artes del cual fue director durante 17 años sino que su legado perdura en trazos geométricos y abstracciones, en lo obsesivo de sus búsquedas y variaciones, en su formación artística e intelectual en una Europa vanguardista y moderna, así como la promoción local y regional que impulsó.

Distintos hitos en la vida del artista dan cuenta de su visión y búsqueda constante, sus inquietudes no solo formales sino también intelectuales relacionadas al quehacer artístico y los grandes movimientos revisionistas de su época, sin dejar de lado su interés particular. Así lo atestiguan sus periplos por las distintas ciudades italianas como Florencia, Roma, Milán, Viena, Berlín y París, donde pasó los últimos meses de su estancia formativa y conoció a Juan Gris.

Durante su estadía europea, Pettoruti se contacto y trabó amistad con grandes referentes de las vanguardias de la época como Giacomo Balla, Giorgio De Chirico y Carlo Carrá, entre muchos otros, incluidos sus compatriotas como Xul Solar, o el poeta Oliverio Girondo.

A Xul lo conoció en 1916, se convirtieron en amigos y viajaron juntos a Alemania -en 1923 expuso en la galería Der Sturm de Berlín-, y con él organizó el viaje de regreso a Buenos Aires y la muestra de 1924.

«Es un introductor de vanguardias. Es una figura importante en las vanguardias de la década del 20 que van llegando a la Argentina, si bien Norah Borges lo antecede porque regresa junto con su hermano Jorge Luis de España en 1921, y hacen la primera revista bajo la estética ultraísta (movimiento literario, con elementos del cubismo en cuanto a la imagen)», destaca la docente y curadora Adriana Lauría.

«Pettoruti desembarca en 1924 con once años de experiencia y formación en Europa, desde 1913 a 1924, con una muestra -de 86 obras entre óleos, dibujos, estudios, diseños, mosaicos- en la Galería Witcomb que de un salto introduce elementos de la vanguardia como del futurismo y el cubismo», continúa.

Lenguajes
Sin embargo, la exposición no fue bien recibida por el público acostumbrado a otro tipo de lenguaje pictórico, de concepción estética tradicional (a lo Fernando Fader), lejano a las vanguardias que sacudían el arte en Europa, salvo por el grupo de los «modernos» reunidos alrededor de la publicación Martín Fierro. En cierto modo, Pettoruti resquebraja y ayuda a la renovación del lenguaje artístico con su obra.

Tal vez, en este antecedente de incomprensión y prejuicio a ultranza estuvo encuadrada la postura de Oscar Ivanissevich, ministro de Educación y Cultura, quién pretendió que en 1948 se rechazara la obra que había enviado el artista al Salón Nacional de Bellas Artes. Para este funcionario, los artistas abstractos representaban un «arte morboso».

Pettoruti, nacido en la ciudad de La Plata el 1 de octubre de 1892, había incursionado en la Academia Provincial de Bellas Artes que abandonó, recibió lecciones de perspectiva en el Museo de Historia Natural de La Plata y dibujaba en el Bosque o en Museo de Ciencias Naturales. En 1911 realizó su primera exposición de caricaturas. Obtuvo una beca del gobierno provincial para formarse en París, pero prefirió como destino Florencia, una ciudad calma para trabajar y que lo atraía por su historia. En su avidez de conocimiento fue un gran lector, visitó bibliotecas, museos y sitios históricos.

Tras una mala experiencia al cursar en una academia oficial en Italia, este autodidacta encontró otras maneras de formarse: asistió a talleres abiertos, tuvo clases con Giacometti, clases de desnudos, calcos, pero también tomó clases en talleres artesanales de mosaicos, vitreaux y frescos.

En una librería florentina especializada en arte donde se hablaba de futurismo, tuvo su primer contacto con el movimiento sobre el que investigó y exploró. Conoció entre otros al pintor y crítico Ardengo Soffici -editor con Giovanni Papini de la revista Lacerba- quién había estado en París y conocía el trabajo cubista y las experimentaciones de George Braque y Pablo Picasso, y sus collages iniciados en 1912. También conoció al poeta Filippo Tomasso Marinetti que había publicado el Manifiesto futurista en 1909.

Obras
Pettoruti realizó su primer collage en 1914, «El racimo de uvas», que está en préstamo en el Reina Sofía de Madrid, y en 1915 hizo «El sifón», por encargo de Soffici para la portada de la revista futurista.

«Ambas composiciones son naturalezas muertas donde mezcla lenguajes como la representación de la naturaleza muerta mucho más sintética y abstracta y más planimétrica y sintéticamente resueltos y otros elementos donde utiliza más realismo, algo que también estaban experimentando Braque y Picasso en ese mismo momento», explica Lauría.

Paralelamente comienza con los dibujos con abstracciones siguiendo la prédica de la vanguardia futurista como con su investigación en «Dinámica del viento» que están en el Museo Nacional de Bellas Artes, sobre la representación del movimiento y dinamismo, además de otras composiciones abstractas.

En su libro autobiográfico «Un pintor ante el espejo», publicado en 1968, el propio Pettoruti -instalado en Florencia desde septiembre de 1913- relató su impresión de la primera muestra futurista del 30 de noviembre: «Fue para mi un choque enorme; piénsese que venía de La Plata, una ciudad donde reinaba el claro de luna, Vargas Vila y compañía, y que era la primera vez en mi vida que veía obras de vanguardia», confiesa. Impactado, afirma que era como si lo hubieran revuelto por dentro: «Acababa de cumplir 21 años y mi formación artística era nula -afortunadamente, pienso ahora-. Es cierto, yo amaba los clásicos, pero no tenía prejuicios; y en favor de los modernos me hablaba la lógica».

También fue testigo del paso de los artistas futuristas a la metafísica y la posterior adhesión de Novecento italiano, algo que influenció también al artista.

El retorno al orden fue un movimiento internacional europeo de entreguerras donde se volvió a la figuración pero tamizada con los distintos lenguajes. Pettoruti abandonó las composiciones abstractas y trabajó un estilo sintético más representativo pero con elementos del cubismo.

El pintor ya tenía una trayectoria y en el París de 1924 el marchand de los cubistas, Léonce Rosenberg, le ofreció representarlo y le aconsejó no realizar la exposición de sus obras en Buenos Aires.

Entre 1924 y 1952 vivió en Argentina, y realizó distintos viajes para exponer su obra en países como Chile, Uruguay y Estados Unidos.

Temas
Entre los temas que pintó están las copas -de sentido simbólico, metafísico-, los arlequines que retoma de la iconografía de la Comedia del arte italiano -personaje común a los cubistas- de 1926 a 1953; músicos, soles, naturalezas muertas -botellas, vasos, fruteras, sifones- y las farfalas (mariposas) que inició en 1960. La construcción y el color tan relevante desde su visión pictórica lograban con esos objetos orden y equilibrio, según escribe el historiador Jorge López Anaya en su libro «Arte argentino».

En obras como el «El lápiz del maestro» (1935), y «El timbre» (1938), el artista incorporó en la composición abstracta un elemento realista, que da nombre al cuadro: lápiz, cigarrillo o un timbre.

«En Pettoruti están los arlequines, los músicos, paisajes, naturalezas muertas, los grandes temas del cubismo, aparecen temas en recurrencia. Tiene un método de trabajo: hacía varias versiones de la misma composición. Un primer boceto en tintas, blanco y negro trabajando las zonas con el valor (luces y sombras) con grafismos hechos en tinta, pequeñas, y el mismo tema lo trasladaba a un óleo de formato reducido, uno más grande y varios años después retomaba el mismo tema con otras versiones», explica Lauría.

En «El retrato del hombre de la flor amarilla» del poeta chileno Hidalgo, que está en el Museo Nacional de Bellas Artes, existen varias versiones del rettrato realizado en clave cubista.

«Era un estudioso, un obsesivo de la factura -explicó- «en las composiciones abstractas hay un tema central, pero si se mira con detenimiento las zonas más oscuras hay un montón de motivos, abstractos, que van metiendo y profundizando, oscureciendo. No es un plano de color. Y hay distintos métodos de trabajo».

En «El improvisador» (1937), tres arlequines músicos, está lleno de planos, facetamientos. El trabajo con la construcción de las composiciones, donde se ve lo constructivo del cubismo -geometrización de las composiciones y objetos representados-, es muy riguroso, y después está el trabajo con la luz y el color que eran sus obsesiones, donde anclaba la realización de sus obras», explicó.

Ante un panorama complicado en lo laboral, su proyección internacional sumado a las ofertas del exterior, decidieron su mudanza a París donde se radicó en 1953 junto a su esposa la crítica chilena María Rosa González.

En esa nueva etapa volvió a la abstracción con obras como «Crepúsculo marino» (1953), «Sol en la montaña» e «Invierno en París» (1955).

Recibió el Premio Continental Guggenheim de las Américas (1956) y el Gran Premio otorgado por el Fondo Nacional de las Artes (1967), y siguió exponiendo. Algunas de sus obras pueden verse en el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti de La Plata, y el Malba entre otros.

Fuente: Telam

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