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2018: La gran deuda de los argentinos

Por: Oscar Peretti

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Nos interpela a todos sin excepción. Nos ocupamos, preocupamos  y opinamos sobre economía, la inflación, el dólar, las penurias regionales, el hambre, la marginación, la educación, la violencia, la intolerancia, los jubilados, la reforma laboral y la tributaria, el mundial de Rusia, la selección, Sampaoli, el Papa Francisco, Maradona, Messi, Pico Mónaco y Pampita, el lavado de dinero, los Moyano e Independiente, los gremialistas presos y podría seguir con citas y nombres hasta el infinito. Es una característica que nos identifica a los argentinos.

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Estamos en todo. Basta con ver o escuchar los programas que se difunden en la radio y la televisión, las opiniones de periodistas, políticos, filósofos, funcionarios, ex jueces y ex fiscales, gremialistas, representantes de sectores sociales, artísticos o deportivos. Abordamos la agenda política del gobierno y de los políticos sin quedarnos en los temas locales, también hablamos del mundo, de lo que pasa en otros países.

Llama la atención, sobre todo en los países centrales, más desarrollados, cómo sus ciudadanos nos desconocen y apenas se ocupan de ciertos y determinados asuntos de su propia política nacional. Nosotros, en cambio, abordamos tanto el problema de los catalanes como la amenaza de Corea del Norte, los problemas con Irán o la mudanza en la embajada de los EEUU a Jerusalén. Sin embargo, hay algo de lo que no hablamos.

Tal vez, en eso que omitimos se encuentre una gran parte de la solución de nuestros problemas. Por ejemplo, que no ocurran más los sucesos que vivimos en diciembre fuera y dentro del Congreso de la Nación, que dejen de transitar libremente señores encapuchados amenazando con palos en sus manos y que los delincuentes (entre estos comprendo a los corruptos en todas sus formas) entren y salgan de las comisarias o cárceles, etc. Eso que ignoramos nos remite a la gran deuda que tenemos con la ley.

Los argentinos no cumplimos con la ley. No la respetamos, no nos sometemos a ella todos por igual, sin distinción de ninguna naturaleza. No la sabemos aplicar y mucho menos hacerla cumplir. Un poco, por nuestra idiosincrasia y otro, por el prejuicio y repudio que nos genera el término represión, que arrastramos de la tragedia vivida en el periodo 1976 a 1983.

Sin embargo, no es de esto de lo que estoy hablando sino del respeto a la ley como ordenadora de la vida en sociedad. Los argentinos tenemos una Constitución Nacional que no solo rige nuestra forma republicana de gobierno, sino que contiene normas éticas y de conducta social y política que sostienen y comulgan con los principios democráticos de igualdad y libertad. Es la norma fundamental a la cual deben someterse todos los ciudadanos y las normas de todo el ordenamiento jurídico argentino.

En la división de poderes se le adjudica a los jueces la aplicación de la ley y al poder ejecutivo su cumplimiento. ¿Qué nos pasa entonces? Alguien no está cumpliendo cabalmente su función.

Quienes tienen a su cargo garantizarnos la seguridad no pueden justificar su inacción echándole la culpa a los jueces y éstos no pueden escudarse en que las leyes no son las adecuadas o necesarias. Las leyes están y el ordenamiento es generoso y flexible para quienes deben aplicarlas y ejecutarlas. Hay que tener capacidad, coraje y compromiso.

Cada uno debe ser responsable del rol que le toca cumplir en la sociedad. Los legisladores tienen que hacer lo suyo (¿qué pasó con la ley de extinción de dominio para recuperar lo que se robaron los corruptos de turno?). Si no, no tenemos destino y seguiremos generando burócratas, sentados en sus poltronas, con ingresos tranquilizadores y generosamente garantizados y que se mueven al compás del Jefe de turno para no correr riesgos. Ello comprende también a los funcionarios.

Si todos cumpliéramos y respetáramos la ley no habría ni accidentes de tránsito. Me confieso infractor antes que nadie denuncie mi hipocresía y sólo quiero insistir una vez más en lo que he manifestado recurrentemente en estas páginas, porque me llama la atención que no encuentro en la palabra de los políticos ni de los politólogos, la necesidad de cumplir y respetar la ley. Algo tan simple como trascendente y a lo que los países e inversores que tanto anhelamos, prestan preferente atención.

En un exceso de inmodestia de mi parte recurro al inigualable Federico Fellini cuando solía expresar: “Creo que cuando uno habla de lo que conoce, de sí mismo, de su familia, de su terruño, de la nieve de la lluvia, del despotismo de la estupidez, de la ignorancia, de las esperanzas, de las fantasías, de los condicionamientos políticos o religiosos, cuando uno habla de la vida con sinceridad sin querer aleccionar a nadie ni preconizar filosofías o transmitir mensajes, cuando uno habla con humildad y sobre todo con una visión proporcionada de las cosas, creo que lo que diga estará al alcance de todo el mundo y todos podrán identificarse con él” (de una entrevista en tiempos de “Amarcord” cuando recibió su cuarto Oscar). Eso es lo que se espera a partir de la osadía de expresarse públicamente.

 

 

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