Miércoles 6 de diciembre de 2017, 08:35

Los glaciares y nuestros jubilados

Quienes tuvieron la suerte de visitar y conocer las Torres del Paine, en el sur chileno, recordarán el lago Grey y su glaciar. Todo ello conforma juntamente con nuestro Perito Moreno, el Upsala, El Chaltén y el Lago Viedma y su glaciar, un verdadero regalo de la naturaleza y un privilegio para ambos países australes y quienes nacimos en estas tierras. El reciente desprendimiento sufrido en el Grey, formando una masa de hielo de preocupantes dimensiones nos pone en alerta sobre el cambio climático y sus consecuencias.

Dicho fenómeno, que alarma a la comunidad de los ambientalistas, me conmovió porque guardo como un recuerdo muy preciado mi visita a aquellos lugares y no dejo de recomendarlos a quienes proyectan viajes a nuestra Patagonia. Ese desprendimiento, asimilable a una herida  desgarradora y  estrepitosa que agrede a la naturaleza, provoca cierto sentimiento culposo, engendrado –debo reconocerlo- en la desidia y el desinterés por las cuestiones ambientales y frente a la denuncia mundial por el factor climático y sus peligros. Aquí cobran sentido aquellos que se oponen a modificar las leyes protectoras de los hielos continentales frente al avance de las mineras.

Tal vez, el desinterés aludido, sea producto de imaginar que las graves consecuencias anunciadas no ocurrirán en nuestros tiempos, no nos alcanzarán ni los sufrirá nuestra generación y,  si Dios quiere, tampoco la de nuestros hijos. Pero ¿y nuestros nietos y bisnietos? Algo parecido nos sucedía cuando jóvenes nos hablaban de la necesidad de ser previsores y comprometernos con los problemas de nuestros mayores, la ancianidad y el paso a la pasividad.

Quienes hemos tenido alguna participación y responsabilidad política debemos o deberíamos sentirnos interpelados por estos temas que, al igual que los climáticos, permanecen habitualmente en la esfera del letargo o de la hibernación. Ante determinados sucesos, se suelen disparar las alarmas y allí reaparecen las culpas. Las noticias que circulan sobre la media sanción de la reforma previsional, con particular referencia a los ajustes de los beneficios a nuestros jubilados también provocan dolor de parto, por el tratamiento meramente economicista con  que se asume el debate.

Todo parece reducirse a una cuestión de porcentajes, índices y de períodos que deben tomarse para “mantener actualizados” los ingresos de los jubilados. Se lee en los diarios sobre el fuerte debate que tuvo el proyecto en el Senado  pero lo cierto es que se sancionó con las modificaciones acordadas de antemano, el cual, según opinión de la mayoría de los especialistas, frustró la posibilidad de un reconocimiento mayor que, aunque siempre insuficiente, permitía conceder una mejora más digna y ajustada a los criterios reconocidos por la Corte Suprema. Con sólo atender al cambio de la referencia de base, consistente en tomar el semestre julio diciembre de 2017 en lugar del trimestre julio setiembre como consigna el proyecto aprobado por la Cámara Alta se modifica sustancialmente el resultado final y el ajuste que corresponde practicar en marzo de 2018.

Todos sabemos las dificultades económicas y financieras que afronta el gobierno y particularmente el sistema previsional, pero es  de estricta justicia y sensibilidad social que se atienda de modo prioritario y urgente  esta  situación que representaría un reconocimiento apreciado por todos. El Presidente no debería perder la oportunidad de demostrar que su gobierno no es de un solo color –como lo confunden por algunos de sus más estrechos colaboradores- y  que es capaz de expandirse con la suficiente independencia y sensibilidad para  abordar problemas graves como  el de la clase pasiva y la ancianidad. Nadie necesita buscar argumentos para demostrar que, pese a los esfuerzos realizados, los haberes jubilatorios mínimos se encuentran  por debajo de los niveles de pobreza.

Se presenta como una verdadera paradoja que un Diputado de la Nación exprese hoy que, con el proyecto en ciernes, los jubilados van a perder plata pero no poder adquisitivo. ¿Cómo se defiende una reforma previsional cuando el Papa Francisco envía el sugestivo mensaje de que un pueblo que no cuida a sus abuelos no tiene futuro? De allí, la comparación inicial entre dos cuestiones que nos duelen y de las cuales no debemos desentendernos ni demostrar indiferencia o ajenidad, porque más temprano que tarde nos alcanza a todos.